jueves, 22 de noviembre de 2012

EROTISMO MORTAL

Aunque le pareció enfermo y descabellado, la frase se fue quedando en su mente: "el dolor y la tristeza son los mejores afrodisíacos." Duró varios días tratando de encontrar razones para apoyas o desvirtuar tal argumento, y al final llegaba a la misma conclusión: había que probarlo. No era que él estuviera desesperado, pero últimamente sus métodos tradicionales de conquista no estaban teniendo los mismos resultados. Además era un reto y a él le gustaban los retos. Decidió entonces que lo haría una vez y si no resultaba daría por hecho que tan sólo era una frase de película.
Ese sábado, tomó el periódico y buscó la sección de los obituarios. Los leyó detenidamente y le interesó uno en el cual "sus hijos, nietos y amigos le dan su más sentido pésame." Anotó la dirección de la casa funeraria y se fue a vestir de luto.
Llegó dos horas antes de que partieran con el féretro para la iglesia. Entró un poco asustado y sintiendo que estaba haciendo algo ridículo, pero él quería probar la veracidad de la frase. Buscó en el directorio de la entrada la sala 7, tomó el ascensor. Mientras caminaba hacia la sala fue sintiendo la fuerte mezcla de aromas a flores fúnebres, lágrimas y trasnocho. Caminó mirando la gente de los otros velorios y un halo triste se le quiso colar en el alma, pero recordó su misión y siguió firme dejando la sensibilidad a un lado. La sala estaba llena de gente, se veía que el difunto fue una gran persona. Tanteo el terreno con una mirada panorámica y se quedó parado leyendo los mensajes del libro de visitas, buscando información útil para su simulación. Mientras estaba leyendo una señora se le acercó y le preguntó la hora, luego le dijo unas unas palabras de consuelo por e abuelo. Él le siguió la corriente. Anunciaron un rosario por el eterno descanso del difunto y todos se empezaron a apiñar cerca del ataúd. Él disimuladamente se fue acercando guardando la distancia cuando de pronto vió a su presa. Ella debía estar por los treinta y medio. A pesar de que su rostro reflejaba trasnocho y muchas lágrimas derramadas, se veía atractiva. Confirmó que le fascinaban las mujeres en vestido y más cuando tenían piernas y caderas para lucir. Se quedó mirándola por un rato hasta que ella lo desubrió. Disimuló estar rezando al mismo ritmo pausado de las señoras y se cambió de lugar para no ser tan obvio. Ella parada cerca del ataúd lloraba de vez en cuando. Él notó que a veces lo buscaba con la mirada. Al terminar el rosario, la gente de nuevo se dispersó y muchos fueron a la cafetería por una aromática o un café. Ella además quería tomar un poco de aire. La siguió sin ser notado. Ya en la cafetería esperó el momento y justo en la fila para pedir las bebidas, decidió hablarle.
-Tan querido y acompañado como siempre.
-Perdón- dijo ella.
-Sí, don Claudio, decía que hasta en su ausencia se siente lo cercano que era
-Y de dónde conoció a mi abuelo?
-Por los negocios que tenía, él siempre hizo negocios con mi familia
-Sí claro, tantos negocios. Nos va a hacer mucha falta
-Me imagino, la pérdida de un ser querido es algo muy difícil
Se sentaron juntos a tomarse una aromática y luego salieron a tomar un poco de aire fresco a un jardín en la parte de atrás de la funeraria. Hablaron de todo y de nada en especial. Ella se quedaba callada por ratos y lloraba.
-Ya se acerca la hora de la misa, ahora se se nos va a ir del todo.
-Ojalá sea una ceremonia digna de tu abuelo.
Subieron a la sala y allí se separaron. Él aún no confirmaba su teoría, pero al menos ya había conocido a una mujer muy atractiva. Cuando empezaron a salir para la iglesia, ella se le acercó y le pidió que la acompañara. Se fueron juntos en el bus de la funeraria. Durante la misa ella lo tomó de la mano y varias veces lloró sobre su hombro. Más que empatía por su dolor, él estaba sintiendo otros efectos por la cercanía de su cuerpo. La iglesia quedaba en el mismo cementerio. Habían decidido cremarlo, entonces al finalizar la misa quienes quisieran podían esperar que lo llevaran a los crematorios. Ella estaba agotada. Le dijo que prefería irse a casa. Se despidieron y cruzaron teléfonos. Se abrazaron por áquello del sentido pésame y ella se aferró a él llorando mientras le decía que no quería estar sola. Él en un gesto de ternura le enjugó las lágrimas y le dijo que la acompañaría hasta su casa. Tomaron un taxi y en los 20 minutos de viaje no hubo palabras, ella se recostó sobre él buscando refugio y descanso. Entraron y de nuevo vino un abrazo y mucho llanto. Entre palabras de consuelo y enjugamiento de lágrimas se besaron y terminaron teniendo sexo tendidos en la alfombra de la sala, ella semidesnuda con la falda aún puesta y él casi que en su traje bien puesto. Antes de que amaneciera él la dejó dormida y se fue sin hacer mucho ruido.
La frase era cierta, había tenido una experiencia sexual maravillosa. Ella estaba llena de una energía extraña que le convirtió en una poderosas bomba erótica.
Apagó su celular y se dedicó a dormir hasta llegada la tarde. Se duchó, salió a comer algo y empezó a planear su siguiente fin de semana.
Llevaba ya dos meses confirmando una y otra vez el poder afrodisíaco que tenían el dolor y la tristeza después de la muerte de un ser querido. Tener sexo era como un acto que reafirmaba que se estaba vivo, que se podía desafiar a la muerte con un orgasmo. Nunca antes había tenido tanto éxito acostándose con tantas mujeres y mucho menos había sentido tanto placer. Lo mejor es que por alguna extraña razón, después de los encuentros no había ni mensajes de texto, ni llamadas insistentes ni más citas. Era la forma ideal de cool sex.
Ése sábado, mientras miraba los obituarios no encontró ninguno que le llamara la atención. Todos era muy simples sin muchos detalles. Pensó que tal vez no le vendría mal un fin de semana de descanso. Estaba cerrando el periódico, cuando leyó un pequeño obituario que le llamó la atención. Era su primera difunta. El obituario era poco común pues lo firmaban sus compañeras de trabajo. No familiares. Dejó el periódico sobre la mesa y se fue a vestirse de luto.
La casa funeraria quedaba en un modesto barrio de la ciudad un poco lejano de su apartamento. No era como las anteriores a las que había ido cada fin de semana, pero tenía los mismos aromas a flores fúnebres, lágrimas y trasnocho. Era muy sencilla, tenía sólo tres salas y no había cafetería. Al llegar de inmediato supo en que sala estaba su pretexto. No había mucha gente, casi nadie había firmado el libro de visitas y cerca del féretro sólo estaba una anciana llorando copiosamente. Como ya era su rutina esperó unos minutos tanteando el terreno pero no encontró nada que llamara su atención. De pronto alguien rompió el silencio para anunciar que iban a rezar. No fue un rosario, como se acostumbraba, únicamente dos o tres jaculatorias y ya. Sinitó que esta vez estaba en el lugar equivocado. Aunque había muchas mujeres, ninguna era lo suficientemente atractiva para él y tampoco estaba lo suficientemente triste como para que su estrategia funcionara. Definitivamente estaba en el lugar equivocado. Decidió irse y mejor buscar algo diferente que hacer. Al salir de la funeraria, justo el frente, había una panadería de barrio en donde los dolientes pasaban a comprar bebidas y comidas. Le llamó la atención una mujer sola sentada en una mesa al fondo del local. Pasó la calle y entró en el sitio. Pidió una aromática y se fue acercando a su presa. Sacó un cigarrillo y le preguntó si tenía un encendedor o fósforo. Ella lo miró con desgano y le dijo que pidiera uno en el mostrador. Se quedó en silencio mirándola. No parecía haber llorado, estaba vestida de medio luto (falda negra y camisa biege), no estaba tomando nada y lo más llamativo de su rostro eran sus preciosos ojos cafés y sus jugosos labios. No se movió por el encendedor y acto seguido dijo:
-Que pena, sólo buscaba una excusa para conocerla, mucho gusto.
Ella sonrió y le dijo:
-Pero habiendo tantas excusas utilizó la más ridícula. Yo no fumo.
Él se sentó . Esa respuesta fue un reto y a él le gustaban los retos. Esta era su conquista.
El hielo ya se había roto y la conversación comenzó a fluir. Intercambiaron nombres y se ubicaron en ese espacio y tiempo. Ella apenas si conocía a la difunta, había ido porque nada peor que un muerto sin dolientes. Él le contó que también la conocía poco y que estaba apunto de irse pues se sentía incómodo.
- Lo mismo me pasó a mi- dijo ella.
Él cambió la aromática por una cerveza y ella siguió sin tomar nada. Se quedaron hablando mientras salían con el ataúd para la iglesia. Era como si se conocieran de antes. Había una gran empatía, una fuerte atracción. Les dió la noche y decidieron irse. Él sin dudarlo y rompiendo sus propias reglas la invitó a su apartamento. No esgrimió ninguna excusa sólo le dijo que quería seguir gozando de su compañía. Ella sonrió y tomándole la mano le dijo que sí. Tomaron un taxi y en el camino se insinuaron los primeros coqueteos.  Ella lo hizo avergonzar porque lo descubrió mirándole las piernas y el escote. Ambos se rieron. Subieron las escaleras hasta el cuarto piso. Antes de abrir la puerta ella lo miró y le dijo:
-Los dos sabemos por qué estamos acá cierto?
Él la besó y abrió la puerta.
Entraron sin encender las luces y se fueron desvistiendo camino a la alcoba. Desnuda se veía aún mejor. La primera vez lo hicieron en la cama, la segunda en la cocina cuando él fue por algo de tomar. Él sintió que había hecho el amor.
Mientras estaban tendidos desnudos en la cama, él se volteó para abrazarla y la sintió fría.
-Quieres una cobija- preguntó
Ella no respondió nada y le tomó la mano. Se sentó sobre él, lo besó con sus labios ahora morados, esperó que su miembro se irguiera y lo tomó con sus manos frías, lo introdujo en su vagina y apretó los labios. Cerró los ojos y se empezó a mecer suave y rítmicamente. Él la miraba y la vio pálida. La tomó por las anchas caderas y la sintió aún más fría. Ella empezó a gemir. De pronto se detuvo y abrió los ojos.
-Es verdad que el dolor y la tristeza son los mejores afrodisíacos
Él se quedó perplejo. Se sentó en la cama y se la quitó de encima.
-Qué dijiste?
Ella se acostó, juntó sus piernas y pies y puso las manos entrelazadas en el pecho. Lo miró con ternura y le respondió:
-Lo que oíste, incluso hasta en la muerte
Y se desvaneció mientras cerraba los ojos y él tiritaba de frío.
 
 
 

martes, 17 de julio de 2012

VAPOR

Cuando abrió los ojos, todo estaba como nublado; sentía un calor intenso y toda su ropa estaba húmeda. Al levantarse se resbaló ¿Cómo había llegado allí? ¿ Dónde estaba? Trató de hacer memoria. Se arrastró por el piso de cerámica, tratando de alcanzar una tenue luz que veía a su derecha. Todavía ningún recuerdo aparecía. Tocó una puerta metálica. De nuevo intentó ponerse en pie, descubrió que con sus botas se resbalaba. Se las quitó. Por fin de pie, puso su rostro frente a una pequeña ventanita sellada. Limpió el vapor con su mano. Los recuerdos se hicieron evidentes: había llegado ese día a casa con malas noticias; no le habían dado el aumento. Discutió con su esposa. Escuchó los mismos reclamos de siempre, sintió las mismas culpas de siempre. Salió furioso, acomplejado, con el orgullo herido. Caminó no sabe cuántas cuadras. Pensó en buscar a su madre; prefirió evitar un –¿vió? Se lo dije-.
Sintió un intenso frío y un profundo vacío que iniciaba en el vientre y se le tragaba el pecho. Quiso un trago, aunque no tomaba. Vio un aviso de neón, “Baños Turcos”. Ya nada importaba; a pesar de todos sus esfuerzos, seguiría siendo un pobre diablo. Entró al lugar; lo requisó un hombre grande y desaliñado. Pasó a recepción. Preguntó por los servicios. Sintió vergüenza. Lo hicieron entrar en una habitación, eligió una de las 16 jovencitas que esperaban en vestido de baño. Ella lo acompañó al vestier. Le dio asco ponerse la pantaloneta que había alquilado. Preguntó en cuál turco estarían; ella le indicó cómo llegar. –Adelántate que ya voy-, le dijo a la joven. Esperó unos minutos. Se envalentonó, caminó rápido hasta la puerta que le había dicho la joven. Entró vestido. No veía bien. Golpeó a la joven, la llamó con el nombre de su esposa. Se desahogó, descansó. El turco en realidad era relajante. Sintió a la mujer que jadeaba y lloraba alejándose. Se sentó; cerró los ojos. Suspiró.
– ¡Maldita sea!, a pesar de todo, la amo.- Escuchó el leve chirrido de las bisagras al abrirse. En medio del vapor se abrió paso la figura del hombre de la portería. Recibió tantos puñetazos como insultos y se desplomó.
Haló la puerta, empezó a sentir el molimiento en todo su cuerpo por la golpiza. Antes de dejar el lugar le gritaron que no volviera. Caminó de regreso a casa. Compró un cigarrillo, lo hizo rendir por casi dos cuadras. Se detuvo en una esquina. Miró el humo elevarse al cielo. Vio el vapor que emanaba de su cuerpo. Sintió de nuevo un intenso frío y un profundo vacío que iniciaba en el vientre y se le tragaba el pecho. Decidió qué hacer. No volvería. A pesar de amarla no volvería, su sueldo no le alcanzaba para hacerla feliz. De sólo amor ya no se vive. Él, hiciera lo que hiciera, seguiría siendo un pobre diablo. Dio media vuelta. Quiso un trago, aunque no tomaba. Suspiró. Se evaporó.

martes, 12 de junio de 2012

JAQUECA

- Eso debe ser el estrés.- Pensó cuando a la madrugada lo despertó esa terrible punzada como de picahielo justo en la frente y que le dejó luego un calor intenso en todo el cerebro. No pudo conciliar el sueño. A pesar del terrible dolor en su cabeza, tenía que ir a trabajar. A penas si pudo ducharse, se puso el uniforme que no combinaba y que tan poco le gustaba. Mordisqueó un pan con mantequilla y tomó un cuarto de taza de café con leche. Volvería a llegar tarde. Mientras caminaba hacia la estación del Metro, sintió que el dolor disminuía, el aire de la mañana le refrescaba su cerebro caliente. Tuvo que esperar poco por el siguiente tren. Como era costumbre a esa hora ya los vagones iban repletos y tendría que viajar de pie. Se ubicó en la mitad del vagón. Sintió que le tocaban la rodilla. Una jovencita colegiala le cedió el puesto. Se sintió viejo, se sintió agradecido. De nuevo esa terrible punzada como de picahielo llegó a su frente. Cerró los ojos. Recordó aquella noche en la que Ofelia le confesó que había abortado, que había tirado a la basura un pedazo de su vida, que lo había privado de lo que el más deseaba. Al día siguiente Ofelia no estaba, no podía seguir viviendo junto a ella. Lo volvió a la realidad la voz grabada que anunciaba la próxima estación, en español y en inglés. Aún faltaban tres estaciones para la suya. Se le calentó de nuevo el cerebro. El Metro debería tener ventanas. Frente a él se paró una exuberante mujer vaporosamente vestida, cuidadosamente bronceada, quirúrgicamente moldeada. No pudo evitar fijar su mirada en ella. Se sintió morboso. Recorrió su pelvis apenas cubierta por la tanga que se entreveía por la tela ligera de la falda. Olfateó su vientre destapado impregnado de crema de durazno. Deseó acariciar esos senos redondos y firmes que asomaban coquetos por la blusita escotada. Sintió que el dolor disminuía, el calor del cerebro bajaba. Sintió vergüenza. Se acomodó disimuladamente el pantalón. De nuevo el anuncio de la próxima estación. La mujer llegó a su destino. La siguió hasta la puerta con su mirada. Al cerrarse las puertas de nuevo esa terrible punzada como de picahielo llegó a su frente. Se tomó la cabeza con ambas manos. Cerró los ojos. Se hizo presente un sus recuerdos Laura. La vio ahí, tendida en la cama, desnuda, en el hotelucho del centro que quedaba cerca del trabajo. Recorrió con el recuerdo sus anchas caderas, su espalda firme y su figura sinuosa. Sintió el olor agridulce de sus tardes de sexo. Recordó la noche en la que ella le dijo que se casaría y que ya no podrían seguir en ésas. Un apurado hombre con pinta de visitador médico lo pisó. Volvió al Metro. Ese intenso calor en el cerebro se hacía más fuerte. Trató de agacharse para limpiar su zapato, pero el fuerte dolor se lo impidió. Volvió la voz grabada anunciando la siguiente estación, la próxima era la suya. El vagón ya iba un poco más desocupado, junto a él había un puesto vacío. Se sentó un hombre hablando por celular. – Mierda, dejé el celular – se acordó. De todos modos no era importante, a él ya nadie lo llamaba. Fue inevitable escuchar la conversación del hombre junto a él. Hablaba con alguien sobre una mujer, un buen amor al parecer. No había notado que el calor del cerebro disminuía y que se sentía mejor. Por la ventana vio el inmenso edificio de la Gobernación, ésa era la señal para irse preparando y acercarse a la puerta. Su parada estaba cerca. Se aferró al tubo vertical cercano a las puertas. Se inclinó un poco para ver cuanto faltaba. De nuevo esa terrible punzada como de picahielo le dio una última estocada en la frente. Se secó el copioso sudor. Al abrirse las puertas una bocanada de aire caliente y el olor a polvo húmedo lo abofeteó. Se bajó de prisa. Al empezar a bajar por las escaleras de la estación se sintió mareado. Tomó un descanso. Se sentó en las escaleras. De nuevo se secó el sudor. Se hizo masaje con los dedos en las sienes. Cerró los ojos. Tomó aire profundamente. Escuchó el ruido de los cristales al brindar. Recordó que el día de su jubilación nadie lo acompañó. Sintió una lúgubre tristeza. Tal vez la misma que sintió hace 2 semanas atrás en el funeral de su Consuelito. Ella que lo había acompañado los últimos cinco años, ella que no alcanzó a verlo recibiendo su jubilación. Ella, Ella, Ella. Él sabía que no aguantaría tanta soledad. Nunca fue un hombre solitario. No importaba que a veces la compañía fuera pagada. Abrió los ojos sintió ese intenso calor que le cocinaba el cerebro. Se dio cuenta de que nada tenía que hacer uniformado, ni en el centro. No había trabajo a donde ir. Era sólo la rutina. Era sólo otra forma de evitar la soledad sin Consuelo. Cerró los ojos, se tomó la cabeza con las manos. Leyó de nuevo la placa que le entregaron en la empresa:
...Otorga a: Jaime Quesada Camargo por 25 años de servicio fiel y dedicado...
Sintió que el calor disminuía para siempre.

domingo, 6 de mayo de 2012

SOBRE LUCIA

El olor a quemado y un liviano humo que empezó a inundar lentamente cada rincón del apartamento hasta colarse y mezclarse con el aroma a manzanilla y vitamina E del bálsamo, le recordaron a Lucia, que antes de entrar a ducharse, había dejado sobre el fogón lo que posiblemente ya no seria su almuerzo.
Cerró el grifo rápidamente y se envolvió como pudo en una toalla y casi que resbalándose corrió hasta la cocina. Al llegar, el sartén en el que se cocinaba una de las viejas recetas de la abuela, estaba negro y humeante, y por el afán de evitar un posible incendio retiró éste de la hornilla con tan mala suerte que se quemó la mano. Lo tiró en el lavaplatos abriendo al tiempo la llave y sintió deseos de llorar.
Se devolvió a su cuarto y casi sin elegir se vistió con el primer juego de ropa interior que pudo tomar del cajón
Con la espalda aún húmeda por el continuo goteo de su corto cabello mojado regresó a la cocina para ponerse un tomate crudo sobre su quemadura, tal y como se lo había enseñado la abuela.
No pudo evitarlo, recordó a la abuela y cada maravilloso momento junto a ella, quiso regresar al pueblo, quiso llamar a la abuela pues hacía más de un mes no la oía. Al recordar a la abuela no pudo evitar recordar cada momento junto a él. Recordó las inumerables veces en las que cocinaban junto a la abuela y aderezaban sus sueños de amor. Recordó las lentas tardes de charlas en el patio sentados en la hamaca y recordó las tibias mañanas despertando junto a él.
Recordó que se conocieron mientras él vestía unos jeans rotos y trataba de hacer una llamada a sus tíos de la capital desde la central de teléfonos del pueblo.
Recordó los sueños que habían engendrado juntos y recordó su primera vez, tirados en la hierba escapados del bingo de la parroquia.
Recordó que aún estaba en ropa interior, que le estaba ardiendo la quemadura y que debía estar a las tres de la tarde en la casa de Susana.
Después de vestirse miró el reloj y se dió cuenta que estaba temprano. Rebujó un poco en la parte superior del closet hasta que encontró su diario y el álbum que desde hacia cinco años había preferido olvidar.
Se sentó en la cama y respiró profundo como cuando se va a hacer un clavado para atravesar la piscina de lado a lado, tal vez no quería ahogarse en sus recuerdos y lágrimas.
Abrió el diario sintiendo que enfrentaría su más cruel enemigo, aquel pasado que decidió enterrar aunque nunca pudo matar el amor.
Leyó nostálgicamente las cartas que le enviaba Germán y que había guardado en medio de las hojas de su diario; leyó las frases que ella misma escribió después de cada momento junto a él.
Luego abrió el álbum y se rió con las fotos de su excursión en el ;ultimo grado, casi que una luna de miel adelantada.
Lloró desconsolada al leer que el 25 de mayo Germán, le había propuesto venirse juntos a la capital. Recordó ese viaje desesperante. Recordó la primera noche durmiendo en el piso en uno de los cuartos de la casa de los tíos de Germán.
Prefirió cerrarlo, prefirió dejar ahí su pasado.
Volvió a enterrar el diario y el álbum en la parte superior del closet y cambio las lágrimas por su acostumbrado rostro sereno. Volvió a sentir que su corazón no podía dejar de pertenecerle.
Volvió a recordar su cita de las tres con Susana.
Tomó su mochila, revisó que todo estuviera en orden y salió sin comer nada, con los recuerdos flotando en su mente y el amor serpenteando en su alma.
Mientras caminaba hacia la estación del autobús para ir a la casa de Susana se preguntó por qué después de cinco años lo seguía esperando.
Se preguntó por qué después de esa noche en la que él decidió dejarla con la excusa de sentirse ahogado de necesitar conocer nuevas experiencias para estar seguro de sus sentimientos por ella, guardó silencio y le preparó las maletas empacando en ellas la mitad de su alma.
Se preguntó por qué cuando descubrió que estaba embarazada dos meses después de que él se desapareciera, prefirió llorar toda la noche y no buscarlo para contárselo.
Se preguntó por qué el día que perdió a su bebé y la enfermera le preguntó por el nombre del padre o alguien para avisarle ella prefirió callar y dar el nombre de Susana.
Se preguntó dónde estaría él ahora y si aún la amaba.
Se preguntó por qué el corazón le estaba palpitando tan rápido y por qué de nuevo estaba sintiendo ese extraño calor que le producía la cercanía de Germán.
Se dio cuenta que había olvidado en su apartamento los catálogos de ropa interior que le había prometido llevar a Susana. Decidió devolverse.
Subió las escaleras hasta el tercer piso porque su edificio no tenía ascensor. Llegó sintiéndose un poco asustada, empezó a sentir un fuerte, agudo y penetrante frió que le llegaba hasta el tuétano.
No recordaba donde estaban los catálogos. Buscó en el bifé de la sala, buscó en las gavetas de la cocina pero no halló nada. Entró a su cuarto, buscó en la mesita de noche. Recordó que los había visto en la parte superior del closet.
Miró el reloj ya llegaría tarde a su cita. Abrió el closet revisó en la parte superior y los encontró, no pudo resistir la tentación y  de nuevo desterró el álbum.
Se sentó en la cama, puso los catálogos en la mesita de noche y abrió el álbum.
Repasó las fotos de la excursión, miró la fotos de la abuela, se encontró con las fotos junto a Germán
Se sintió ligeramente acompañada
Despegó del álbum una foto ampliada de Germán, que ella misma le hizo tomar para que entregara con las hojas de vidas días después de su llegada del pueblo.
Lo contempló. Se quedó mirándolo. Se sintió tiernamente abrazada. Se sintió extrañamente amada.
Apretó la foto contra su pecho y las lágrimas de nuevo rodaron por su rostro.
Puso la foto en la mesita de noche, tomó los catálagos y los metió en la mochila. Mientras de nuevo revisaba que nada se le quedara decidió que lo buscaría, que necesitaba saber si aún la amaba.
Se acercó a la puerta. Sonó el teléfono. Debe ser Susana pensó ella. Contestó. Se sintió repentinamente sola. Una voz desconocida preguntó por la señora Lucia Serrano.
- Soy yo- respondió Lucia.
Mientras escuchaba lo que le decía una mujer con voz aguda y chillona, dejó que la bocina se deslizara lentamente desde la oreja hasta el sofá al mismo ritmo que caían sus lágrimas.
Se sintió inmensamente amada. Ya no tendría que buscarlo él ya se había ido para siempre.
Corrió a su cuarto tomó la foto de la mesita de noche, la abrazo contra su pecho y se dejó ahogar en sus lágrimas. Se sintió totalmente segura de que él aún la amaba.

domingo, 25 de marzo de 2012

FINALMENTE

Se despertó sintiendo un intenso frío que le penetraba hasta el tuétano, cuando giro sobre si en la cama y extendió su brazo descubrió que su furtiva compañera ya se había marchado y que sólo quedaba de ella el aroma ácido de su sexo generoso.
Abrió sus ojos para confirmar que no estaba soñando, para estar seguro de que aún estaba vivo y que la esperada muerte no había tocado todavía su puerta.
Se sintió extraña y repentinamente solo, nunca se había sentido así después de una de sus tantas noches de pasión con las itinerantes mujeres que trataban de saciar sus insatisfechas necesidades afectivas.
Se sentó en la cama cubriendo su cuerpo desnudo y agotado con una sabana aún húmeda. Miró cada rincón de su cuarto y se sintió pequeño, tan pequeño como su pene promiscuo que parecía haber olvidado que le pertenecía a un solo cuerpo.
Sintió ganas de llorar, de gritar, de reventarse contra las paredes, de desfogar toda su ira, esa ira impotente callada y llena de desesperanzas.
- No los machos no lloran- se dijo a sí mismo.
Se levantó por inercia, porque le estaba estorbando la inactividad y porque le empezaron a picar las nalgas por el roce con el colchón, territorio mudo en donde había librado tantas batallas cuerpo a cuerpo.
Mientras se duchaba recordó muchas de sus verdaderas alegrías junto a Lucia y la abuela, cuando cocinaban y aderezaban, además de deliciosos platos, las esperanzas de una felicidad compartida. Desde entonces, y de eso ya hace más de cinco años, sus alegrías sólo han sido caricaturas vagas de la felicidad, efímeros momentos de risa y de gritos jadeantes producto de los estímulos corporales.
Se rió, se carcajeó mientras se bañaba.
Se vistió sin pensarlo, se colocó la camisa azul que tanto odiaba y los jeans rotos que le gustaban a Lucia y que estaba esperando donarlos a los niños pobres.
Se bogó tres vasos de jugo de mora para tratar de calmar la sed que le producía su hígado intoxicado.
El día estaba perfecto, ni mucho sol ni mucho frío. Decidió que tenia que salir, que no podía ahogarse en su apartamento, que no soportaría estar tan solo consigo mismo.
Bajó las escaleras sin prisa, saludó al portero sin dejar espacios para preguntas curiosas y tomó un taxi con rumbo al centro comercial más cercano.
Se dirigió a los teléfonos públicos pues olvidó su celular, se dio cuenta que almorzar solo era lo que menos quería. Pensó en llamar a uno de sus amigos pero ninguno estaba en casa; quiso llamar a alguna de sus amigas pero ninguna estaba en casa.
Esa extraña soledad lo volvió a inundar.
Decidió caminar de regreso a casa para hacer un poco de ejercicio y bajar el almuerzo.
Con cada paso sentía que los recuerdos, los buenos recuerdos, se adherían a su espalda haciendo su carga más ligera. De nuevo se rió, se carcajeó.
Se sintió terriblemente solo.
De nuevo se acordó de la abuela y sus deliciosas comidas. También recordó sus épocas del colegio y las tardes de juego junto a Andrés su vecino y amigo. Recordó su primera comunión, su primer beso para Lucia.
Se sintió amargamente triste.
Todo se puso en blanco, todo pasó en un solo minuto, toda su vida en un instante, todo ese amor desperdiciado se le acumuló en el alma.
Recordó a Lucia, se sintió inmensamente amado.
La vió pasar por la otra acera, le gritó desesperado, decidió ir tras ella, recordó las mañanas tibias junto a su cuerpo, recordó las promesas de un futuro juntos, recordó sus caricias inefables, recordó el día que decidió alejarse de ella, recordó que aún la seguía amando.
Se sintió profundamente feliz. Se sintió exageradamente liviano.
Su búsqueda había cesado Lucia estaba de nuevo cerca.
Todo se puso oscuro, todo estaba confuso.
Sintió el pavimento caliente debajo de su pecho, sus piernas atascadas debajo de las neumáticos, sintió su sangre correr rodeando su silueta, recordó que un día tuvo sueños junto a ella, recordó que anoche había prometido empezar de nuevo.
Abrió sus ojos para confirmar que no estaba soñando, para estar seguro de que aún estaba vivo y que la esperada muerte no había tocado todavía su puerta.
La vió de nuevo entre la multitud, la vió hermosa, la vió sonriendo y sonrió con ella.
Se sintió totalmente amado.
Cerró sus ojos para guardar su recuerdo, cerró sus ojos esperando que los brazos de la dueña del silencio eterno lo levantaran de esa calle y lo llevaran a su destino final.
Se sintió dulcemente acompañado. Se sintió tiernamente abrazado.
Recordó, demasiado tarde que su vida sin Lucia había sido muy corta pero que el amor por ella era eterno.

martes, 28 de febrero de 2012

FITNESS

Había sangre sobre su almohada. No estaba muy seca lo que la hizo alarmarse y  tocarse afanosamente la cara. No había ninguna señal de heridas. Se levantó aún somnolienta y caminó sin fijarse hasta el baño. Se tropezó con un cojín justo antes de llegar al baño –¡hijueputa! – exclamó. Encendió la luz y examinó su rostro reflejado en el espejo. Nada. ¿ De dónde salió la sangre? Abrió su boca y descubrió que tenía una herida en su lengua. Se la había mordido dormida. Se enjuagó la boca, empezó a sentir el sabor hierroso de la sangre. Decidió usar enjuague bucal. –Mierda- gritó cuando el líquido hizo contacto con las papilas lesionadas. Se devolvió a la cama. Miró el reloj del nochero. Tres y treinta y seis. Tenía que levantarse a las cinco. Tiró contra el closet la almohada manchada y trató de abandonarse de nuevo en los brazos de Morfeo. No podía dormir ¿ Por qué se había mordido la lengua? Trató de hacer memoria, casi nunca se acordaba de sus sueños. Encendió el televisor. Dejó su dedo pulgar clavado en los botones para cambiar canales. No había nada bueno, 80 canales y nada que ver. Levantó su dedo. En la pantalla de 21 pulgadas se anunciaba el último producto natural para adelgazar. Abrió más sus ojos. Se sentó en la cama. Ahora lo recordaba. Se había soñado comiendo. Se había mordido la lengua creyendo que era un suculento trozo de carne. Se sonrió. Se dejó caer en la cama. Se volteó sobre la almohada y se dijo para sí:
- ¡Ah! Que se jodan. No voy a hacer más dieta.-
Apagó la televisión y mientras se dormía sonriendo se empezó a imaginar se próximo desayuno.