- Eso debe ser el
estrés.- Pensó cuando a la madrugada lo despertó esa terrible
punzada como de picahielo justo en la frente y que le dejó luego un
calor intenso en todo el cerebro. No pudo conciliar el sueño. A
pesar del terrible dolor en su cabeza, tenía que ir a trabajar. A
penas si pudo ducharse, se puso el uniforme que no combinaba y que
tan poco le gustaba. Mordisqueó un pan con mantequilla y tomó un cuarto de
taza de café con leche. Volvería a llegar tarde. Mientras caminaba
hacia la estación del Metro, sintió que el dolor disminuía, el
aire de la mañana le refrescaba su cerebro caliente. Tuvo que
esperar poco por el siguiente tren. Como era costumbre a esa hora ya
los vagones iban repletos y tendría que viajar de pie. Se ubicó en
la mitad del vagón. Sintió que le tocaban la rodilla. Una jovencita
colegiala le cedió el puesto. Se sintió viejo, se sintió
agradecido. De nuevo esa terrible punzada como de picahielo llegó a
su frente. Cerró los ojos. Recordó aquella noche en la que Ofelia
le confesó que había abortado, que había tirado a la basura un
pedazo de su vida, que lo había privado de lo que el más deseaba. Al día siguiente Ofelia
no estaba, no podía seguir viviendo junto a ella. Lo volvió a la
realidad la voz grabada que anunciaba la próxima estación, en
español y en inglés. Aún faltaban tres estaciones para la suya. Se
le calentó de nuevo el cerebro. El Metro debería tener ventanas.
Frente a él se paró una exuberante mujer vaporosamente vestida,
cuidadosamente bronceada, quirúrgicamente moldeada. No pudo evitar
fijar su mirada en ella. Se sintió morboso. Recorrió su pelvis
apenas cubierta por la tanga que se entreveía por la tela ligera de
la falda. Olfateó su vientre destapado impregnado de crema de
durazno. Deseó acariciar esos senos redondos y firmes que asomaban
coquetos por la blusita escotada. Sintió que el dolor disminuía, el
calor del cerebro bajaba. Sintió vergüenza. Se acomodó
disimuladamente el pantalón. De nuevo el anuncio de la próxima
estación. La mujer llegó a su destino. La siguió hasta la puerta
con su mirada. Al cerrarse las puertas de nuevo esa terrible punzada
como de picahielo llegó a su frente. Se tomó la cabeza con ambas
manos. Cerró los ojos. Se hizo presente un sus recuerdos Laura. La
vio ahí, tendida en la cama, desnuda, en el hotelucho del centro que
quedaba cerca del trabajo. Recorrió con el recuerdo sus anchas
caderas, su espalda firme y su figura sinuosa. Sintió el olor agridulce de sus
tardes de sexo. Recordó la noche en la que ella le dijo que se
casaría y que ya no podrían seguir en ésas. Un apurado hombre con
pinta de visitador médico lo pisó. Volvió al Metro. Ese intenso
calor en el cerebro se hacía más fuerte. Trató de agacharse para
limpiar su zapato, pero el fuerte dolor se lo impidió. Volvió la
voz grabada anunciando la siguiente estación, la próxima era la
suya. El vagón ya iba un poco más desocupado, junto a él había un
puesto vacío. Se sentó un hombre hablando por celular. – Mierda,
dejé el celular – se acordó. De todos modos no era importante, a
él ya nadie lo llamaba. Fue inevitable escuchar la conversación del
hombre junto a él. Hablaba con alguien sobre una mujer, un buen amor
al parecer. No había notado que el calor del cerebro disminuía y
que se sentía mejor. Por la ventana vio el inmenso edificio de la
Gobernación, ésa era la señal para irse preparando y acercarse a la
puerta. Su parada estaba cerca. Se aferró al tubo vertical cercano a
las puertas. Se inclinó un poco para ver cuanto faltaba. De nuevo
esa terrible punzada como de picahielo le dio una última estocada en
la frente. Se secó el copioso sudor. Al abrirse las puertas una
bocanada de aire caliente y el olor a polvo húmedo lo abofeteó. Se
bajó de prisa. Al empezar a bajar por las escaleras de la estación
se sintió mareado. Tomó un descanso. Se sentó en las escaleras. De
nuevo se secó el sudor. Se hizo masaje con los dedos en las sienes.
Cerró los ojos. Tomó aire profundamente. Escuchó el ruido de los
cristales al brindar. Recordó que el día de su jubilación nadie lo
acompañó. Sintió una lúgubre tristeza. Tal vez la misma que
sintió hace 2 semanas atrás en el funeral de su Consuelito. Ella
que lo había acompañado los últimos cinco años, ella que no
alcanzó a verlo recibiendo su jubilación. Ella, Ella, Ella. Él
sabía que no aguantaría tanta soledad. Nunca fue un hombre
solitario. No importaba que a veces la compañía fuera pagada. Abrió
los ojos sintió ese intenso calor que le cocinaba el cerebro. Se dio
cuenta de que nada tenía que hacer uniformado, ni en el centro. No
había trabajo a donde ir. Era sólo la rutina. Era sólo otra forma
de evitar la soledad sin Consuelo. Cerró los ojos, se tomó la
cabeza con las manos. Leyó de nuevo la placa que le entregaron en la
empresa:
...Otorga a: Jaime
Quesada Camargo por 25 años de servicio fiel y dedicado...
Sintió que el calor
disminuía para siempre.