martes, 1 de mayo de 2018

AROMA PAISA


Aunque el penetrante frío capitalino parecía congelar hasta el tuétano, aquella tarde, en casa de mi buen amigo Jaramillo, el corazón se calentaba al son de recuerdos y de historias. Mientras Jara, como le decíamos de cariño, y yo dejábamos que el tiempo pasara inadvertido quitándonos instantes futuros de alegría o de tristeza, su abuela, allá adentro en su amado laboratorio, pues quien niega que la cocina no es un magnífico laboratorio donde se preparan deliciosos productos que alegran el estómago y el alma, preparaba un típico algo paisa, uno de esos que hace mucho no comía, tal vez desde el día de mi destierro, cuando me vine para esta gran ciudad atestada de gente, plagada de trancones, sumida en el crecimiento desproporcionado, pero siempre amable y hospitalaria recibiendo hombres y mujeres de todas las latitudes de esta Colombia que se desangra entre la intolerancia, la avaricia y el egoísmo.
Al tiempo que las ollas que se sentaban ansiosas en las hornillas del fogón, para gestar en sus vientres los deliciosos manjares que sabía preparar la abuela, la masa de maíz, aquella materia prima con que se creó el cuarto hombre según el libro sagrado de los mayas-quiché, aquel resultado del sacrifico del maíz que se cocina y se muele para alimentar y nutrir al hombre, se mostraba dócil entre las manos tiernas y golpeadas por el tiempo de la abuela que la estrujaba con cariño, con ese cariño mágico que hace de esas mezclas culinarias un apetecido y extrañado manjar cuando se vive lejos de la cuna materna. Poco a poco la masa tomaba la forma que la abuela le imprimía, para luego ser dorada al calor eléctrico de una hornilla.
El aroma de maíz cociéndose esperando convertirse en una arepa paisa, fue penetrando los pequeños rincones del apartamento, que como buena habitación moderna distribuía muy bien los espacios en un reducido espacio. El aroma, para mi no podía ser indiferente, se me colaba por las narices y me penetraba hasta el vientre. Cerré mis ojos y le dije a Jara:
- Qué delicioso olor éste, no sabes cuanto me encanta.
Jara, comprendiendo que en mi estaba ocurriendo algo maravilloso me miró con una sonrisa en sus labios y me dijo:
- ¡Vos si que no dejas de ser paisa no!. Para mi ese olor aunque delicioso, no supone nada tan sublime como para ti.
Tenía que explicarle, tenía que contarle lo que en mi producía aquel aroma.
En esa mañana, una de tantas desperdiciadas en vacaciones, me levanté más temprano que de costumbre pues el sol penetró cual intruso por las pequeñas rendijas de la persiana y vino a posarse sobre mi rostro para acariciarme suave y cálidamente en señal de buenos días. Luego de su caricia, me estiré en la cama, como queriendo desvestirme del traje fantástico que regala el sueño; me levanté, me persiné y decidí darle los buenos días al sol, abrí la persiana y deje que el astro diurno entrara iluminando mi cuarto. Quise quedarme allí sintiendo la alegría que la luz del sol le imprime a las cosas, pero al aroma de arepa se fue mezclando con el aroma de montaña recién amanecida, de cafetales húmedos por el rocío, de platanales, que abriendo sus anchas hojas desean calentarse, y llegó a mi tentador, invitándome a tenerlo. Salí del cuarto y caminé sin prisa por aquel corredor descubierto y adornado con barandas de guadua, hasta la cocina. El silencio de esa mañana montañera, permitía escuchar el dolor de la guadua que caía a machete, el saludo amable de las mulas al sol, el piar hambriento de los polluelos y los ronquidos graves de los marranos. Antes de llegar a la cocina, decidí detenerme para ver como Israel, el agregado de la finca ensillaba su caballo y le daba órdenes a los recolectores de café para que la jornada fuera provechosa.
- Oigamen pues bien, hoy nos vamos a ir cafetal adentro pues allá si que están maduritos los frutos, como el camino es largo, a comer bien trancao pues la llegada aquí será por la noche. Hágale pues rapidito, comasen su arepita, su agua café y echénse la herramienta al hombro que se hizo tarde.
Los recolectores, gente humilde y alegre, llena de deseos de trabajar, de robarle los frutos al cafeto para cambiarlos por dinero y así tener con que tomarse sus aguardientes y darle alimento a los suyos, se fueron apiñando alrededor de la cocina para recibir su arepa y su agua café.
En mis tobillos desnudos, sentí la lengua húmeda de Bruno, el fiel compañero de mi abuelo, un perro viejo y cariñoso, testigo de la verraquera con que se levantó esta finca, como dice mi abuelo cuando nos quiere hacer saber lo importante que es para él. Lo acaricié y le di unas palmaditas en el lomo, luego seguí mi camino hacia la cocina, entrando por la parte que da a la casa, mientras que la que da al patio estaba aún llenando las bocas de los recolectores.
- Buenos días- saludé con voz aún somnolienta. – Quihubo mijo-, contestó la abuela, que estaba atareada repartiendo comida en compañía de Luz Dary, la esposa del agregado.
- !Y eso! ¿Por qué te levantaste tan temprano, vos que dormís como una marmota?-
- No sé abuela, días en los que a uno le da pereza la cama; además con este olor a arepita bien caliente quien no se levanta.
- Ya decía yo que ese madrugón tuyo no era gratis, te despertó la tripa. Vos definitivamente sos igual a tu abuelo y tu papá, mientras tengan la barriga llena no les importa nada.
- No creas, yo no soy de los que madruga a comer, hoy porque...
- Bueno callate más bien y esperate que ya te hago el desayuno. ¿qué querés? Calentao con huevo.
- Pues sabes que la idea está buena, pero antes regalame una arepita con mantequilla.
- Ves y luego me negás que sos nieto e hijo de tu abuelo y tu papá.
Esperé con paciencia la arepa, mientras los recolectores terminaban su desayuno y se iban a trabajar, por fin la cocina quedó sola y Luz Dary se fue. Estábamos solos la abuela y yo.
- Vení contame pues, por qué decís que me parezco tanto a mi abuelo y a mi papá.
- Pues muy sencillo- dijo mientras ponía a calentar los frijoles y el arroz del calentao. - Ve, a tu papá
te pareces en lo físico, sos igualito y a tu abuelo en lo arepero.
-¿Cómo así?
- Pues sí, sos igual de aferrrao a la arepa que tu abuelo, ese hombre no puede vivir sin comer arepa, yo creo que le hace más falta eso que yo.
- ¡Eh vos si exagerás no!
- No creas mijo, yo sé porque te lo digo. Ve es que te voy a contar pa que me creas. Recién llegaos de Medellín a estas tierras que antes se llamaban el Gran Caldas y que yo no sé ahora porque les dio por separar y hasta discriminar, pues dizque paisas son sólo los de Antioquia sabiendo que antes paisas éramos todos incluso los que ahora son del Eje Cafetero, que antes en mi tiempo era una zona de arriería inmensa y más paisas que los arrieros no hay. Bueno, pero volviendo al caso, te decía que recién llegados a estas tierras, tu abuelo y yo estábamos recién casados y nos vinimos buscando a un tío de tu abuelo que le había prometido una finquita y trabajo. Resulta que la finquita era puro cuento, pues lo que el tío quería era que tu abuelo se volviera agregao de la finca de él, cosa que a tu abuelo no le gustó, pero que aceptó pues no nos podíamos devolver pa Medellín con el rabo entre las patas. Nos quedamos de agregaos por un tiempo, mientras tu abuelo consiguió con que comprarle un pedacito de tierra a un vecino, lo que hoy es esta finca, bueno agregándole la del tío de tu abuelo que luego nos dejó como herencia, pues tu abuelo después de dejar el trabajo de agregao y venirnos pa acá, que era un peladero en ese tiempo, no abandonó a su tío y hasta lo asistió en la muerte.
Esperate yo revuelvo bien este calentao y le bajo al chocolate.
Cuando decidimos dejar la finca del tío de tu abuelo y venirnos a nuestra propiedad, nos tocó sufrir mucho, esto era un lote baldío, no había nada, nos tocó dormir varios meses en un cambuche y comer de lo que nos regalaban los recolectores de la finca de Don José el que nos vendió la tierra, perfectamente podíamos vivir de la caridad del tío de tu abuelo, pero ya sabes lo orgulloso que es tu abuelo y cuando decidió irse de esa finca me dijo: - A partir de hoy no vamos a molestar a mi tío, no quiero que digan que le dejé tirado el trabajo pa vivir de su limosna.- Luego de vivir como desplazados casi tres meses, tu abuelo empezó a tener éxito en los negocios, como él decía. Lo que hacía tu abuelo pa poder sobrevivir y empezar a construir nuestra casa, era recoger herramientas viejas y que votaban dizque porque no servían, las arreglaba y luego se iba a venderlas en el pueblo como nuevas. Cuando ese negocio empezó a producir, entonces me dijo:
- Ve mija, tenemos dos opciones, comprar material suficiente pa construir la casa de una vez, o comprar sólo lo necesario pa una chozita y pa unas cuantas matas de café y maíz, y unos pollitos pa tener que comer.- Decidimos pues, que lo mejor era comprar pa una chozita y pa alimentarnos; así se hizo y empezamos a pelechar.
Dejó de hablar un momento y revolvió dos huevos en un plato de sopa y los hecho en la sartén del calentao. Luego siguió.
- Al cabo de unos seis meses ya teníamos una parcelita con pollitos, café y maíz. Nos sosteníamos de los “negocios” de tu abuelo, y yo me la pasaba cuidando la tierrita mientras él trabajaba. A veces salía pal pueblo muy temprano y llegaba tarde. En ese tiempo se desayunaba con una arepa y aguacafé hasta la noche que le tenía algo más pesadito, vos sabes frijolitos con una presita de pollo y mazamorra o algo así. Pa ese hombre la arepa se empezaba a volver necesaria pues con eso pasaba todo el día, no compraba nada en el pueblo pa ahorrar y construir rápido la casa.
Un día llegó tu abuelo y yo estaba tirada en la cama y no había hecho la comida, había estado mariada todo el día y vomitando. Cuando me vio así se asustó y me dijo: - Ahora no te vayas a morir pues-, pero yo le contesté : - Pues si ser mamá es pa una morirse entonces me muero.-
Tu abuelo guardo silencio, puso a calentar café y me dijo : - aunque sea una arepa si me podés hacer pa no acostarme con el buche vacío-. La situación se ponía dura pues dos bocas como vivíamos aguantaban, pero tres quien sabe. Tu abuelo entonces decidió dejar los “negocios” pues de todos modos le iba regular y viendo que no tenía trabajo, en vez de ir donde el tío, prefirió humillarse ante Don José y le pidió trabajo. Don José era un tipo duro de esos duros que aparenta no tener sentimientos. Habló un rato con tu abuelo al son de unos aguardientes y le dijo:
- Pues hombre, vos me caes muy bien y me pareces un verraco por querer salir adelante solito, sabes qué, vení mañana y te defino algo.
Tu abuelo llegó al otro día muy contento pues Don José le había dado el puesto de administrador del secadero de café, algo en ese tiempo muy bueno. Así empezamos a tener más entraditas y tu abuelo contrató unos obreros pa empezar a ampliar la casa, lo que ahora es la parte de atrás donde está nuestro cuarto y el de tu tío Jaime Alonso. Pasaron los meses y me llegó la hora del parto, no dio tiempo de ir al pueblo y me tocó a mi solita con la ayuda de Doña Dioselina, la esposa de unos de los recolectores, la mamá de Joaquín el que ahora está de agregao en la otra finca. El parto fue sin problemas, pero a la criaturita le entró un frío y se me murió a los siete días.
En ese momento la abuela hizo una pausa y pasó ese amargo trago con un poquito de agua de apio, que es muy buena pa la piel; Bruno llegó y se echó a mi lado.
- Ya está listo el desayuno, si querés comé que yo te sigo contando.- Y me pasó un plato lleno de calentao con huevos revueltos, una tazada de chocolate y una arepa bien grande como me gusta.
- Oiste pues, resulta que fue tanto el dolor por la pérdida del niño, que me tocó irme pa Medellín unos días a la casa de mi mamá. Luego de hablarlo con tu abuelo, él me dio el permiso, porque en ese tiempo mijo una le pedía permiso al marido, no como ahora que las muchachitas hacen lo que quieren. Durante mi estadía en Medellín, tu abuelo estuvo comiendo donde Don José que más que un patrón se volvió todo un amigo. Cuando regresé, tu abuelo me hizo sentir que me quería mucho y lo primero que dijo después de estar en la casa ya terminada fue: - Mija, vos por acá haces mucha falta, sobre todo tus arepitas que bastante falta me hicieron-, luego sonrió y me dio un abrazo.
Pasó más o menos un año pa que volviera a quedar en embarazo, pero la situación era distinta, la casa ya estaba terminada y tu abuelo se había ganado la confianza y el afecto de Don José que fue el padrino de tu tío Jaime Alonso. Una noche, de esas calurosas que hacen por aquí, el agregao de la finca del tío de tu abuelo, vino a llamar a tu abuelo pues al parecer el tío ya estaba en las últimas. Tu abuelo dejó la comida servida, llevándose media arepa en la mano y salió rapidito pa la finca.
Llegó como a las tres de la mañana medio borracho y llorando, se acostó sin decir nada y todavía vestido. Al día siguiente fue el funeral, tu abuelo no quiso desayunar bien, mordisquió una arepa y dejó media taza de chocolate. Todos bajamos al pueblo al entierro y luego tu abuelo se fue a hablar con Don José del asunto de la herencia.
-Gracias abuela, te quedó delicioso este calentao, ¿no tenés otra arepita por ahí que me regalés?
-Si mijo, pa vos siempre habrá otra arepita, es que sos igual a tu abuelo.
Me dio la arepa y se sentó a mi lado.
- Recibida la herencia, tu abuelo dejó de trabajar con el compadre José y se volvieron socios, ambos empezaron a vivir del café. En esta casita seguimos viviendo, pues a tu abuelo le incomodaba vivir en la heredada. Allá, como ahora, dejó los dormideros de los recolectores y el secadero de café, se trajo todo lo de la casa como recuerdo.
Como la situación económica era mejor, volvimos por un tiempo a Medellín, pues ahora si se podía mostrar el triunfo luego de muchas penas; vivimos en Medellín tres años y en ese tiempo tuve a tus dos tías, María del Carmen y Consuelo. Recién nacida Consuelo, nos volvimos pa la finca.
Ese tiempo fue duro. Nos tocó la época de la violencia. A tu abuelo lo estuvieron buscando pa matarlo dizque por Liberal, cuando ese nunca ha sido de ningún partido, le tocó irse un tiempo pa Ríosucio y a mi con tus tíos pa Medellín a vivir con mi mamá. Eso duró como un año. Tu abuelo me mandaba plata y cartas con un vecino que tenía finca en Ríosucio y subía mucho a Medellín, le tocó muy duro; en una de las cartas me acuerdo que me decía:
Lo único que me sostiene todavía es saber que vos y los niños están bien. Ya verás que pronto todo esto se acaba y nos volvemos pa la finquita a cultivar café y a que me hagas tus arepitas que tanto extraño.”
Él allá estaba muy solo, yo creo que hasta otra vieja tendría pero como yo no me di cuenta es como si no hubiera pasado. La finquita estuvo abandonada ese tiempo y parte del secadero de café lo quemaron los bandoleros. Cuando volvimos tocó empezar de nuevo, pero apunta de trabajo y verraquera de tu abuelo se volvió a levantar todo y desde eso está como lo conoces, claro, con algunas reformas tecnológicas como todo ahora no.
Vinieron más hijos, o sea, tus tíos Luis Eduardo, Juan José; tus tías Ruth y Sara y tu papá. A medida que crecían los mandábamos a la Escuela del pueblo. Tu tío Jaime Alonso ya estaba más grandecito y decidió irse a estudiar a Medellín; tus tías Ruth y Sara se dedicaron a la modistería y a conseguir marido. Los demás cuando fueron terminando el bachillerato se fueron a estudiar a Pereira y Manizales. Tu papá que fue el último nos convenció de irnos pa la ciudad y desde eso vivimos en Pereira ahí en la casa de la sexta que vos conocés.
Fueron tiempos duros mijo, pero Dios es grande y miranos aquí dando lata todavía. Yo creo que por eso la arepa en la vida de tu abuelo es tan importante, imaginate lo ha acompañado durante tantas luchas.
Guardó silencio, se paró recogió los platos y me dijo:
- Bueno mijo, basta de historias que nos cogió la noche y me toca ir a mercar pues acordate que viene toda la familia pal cumpleaños de Jaime, tu abuelo.
Salí de la cocina un poco elevado, nunca creí que aquel hombre viejo, serio y callado que era mi abuelo, había vivido cosas tan bellas. Fui hasta el establo, salude a Matilda mi vaca preferida, y busqué al abuelo.
- Buenos días mijo, ¿cómo amaneció?
- Bien abuelo y vos.
- Ahí mijo en la lucha
Lo miré con ternura, lo abracé y le dije: - ¡Feliz Cumpleaños Abuelo! Te invito a celebrarlo por adelantado, antes de que lleguen los demás, con una buena arepa y chocolate.-“

lunes, 12 de febrero de 2018

BULLY FREE ZONE

Cuando se acercó el momento de decidir cómo sería el inicio de la vida escolar de nuestra hija me llené de expectativas. Habíamos pensado en que la mejor opción era la escuela en casa (home schooling) haciendo hincapié en la facilidad que este método ofrece para que los niños puedan hacer otras actividades de su interés a la par con una rutina escolar. Pero cuando ya casi teníamos una decisión clara fue ella, mi pequeña, la que puso sobre la mesa de discusión su deseo de poder estar en un salón con otros pares. La necesidad de socializar. 
Luego de mucho pensar y analizar los pro y los contras, y de tener en cuenta que la escuela en casa tal vez no ofrece esa posibilidad de experimentar al otro de primera mano en cotidianidad, optamos entonces por seguir el método tradicional escolar y permitirle a nuestra hija que asistiera a clases en un salón con otros niños.
Desde ese momento entonces mis expectativas cambiaron y descubrí que había un aspecto que no me dejaba tranquilo, sabía que la parte académica y cognitiva no serían un problema más sin embargo la parte social y afectiva sí. 
Mientras la contemplaba dormida por mi mente pasaba la idea de que podría pasar si ella se veia envuelta en una situación de matoneo ya fuera como victimaria o como victima. Qué hacer si eso llegase a pasar? Cómo reaccionaría ella? Cómo reaccionaría yo? Qué haríamos como papás, como educadores?

Decidí entonces acudir a una de las mejores herramientas que a lo largo de mi vida me han permitido hacer catársis para ver con claridad el panorama, he aquí entonces el resultado de mis elucubraciones.

No pretendo acá escribir una cátedra sobre el tema ni mucho menos aportar datos nuevos sobre un tema que ha sido objeto de muchas investigaciones y estudios. Simplemente quiero compartir algunos pensamientos y experiencias que se suscitaron ante la iniciación de la vida escolar de mi hija.

SOBRE EL MATONEO

Todos en algún momento de nuestras vidas nos hemos visto involucrados en una situación de matoneo o bullying. Ya sea como protagonistas (víctima y victimarios), como jueces (padres o educadores) o como espectadores (pasivos o activos). La vida querámoslo o no nos ha enfrentado a este tipo de experiencias de la vida social para nada agradables. En mi caso digamos que he vivido todos. Siendo niño en el colegio fui víctima de burlas y comentarios hirientes por ser gordo. Ya cuando fui un adolescente blindado por los ataques sobre mi cuerpo supe sobresalir en otras cosas y juntarme con quienes de alguna manera gozaban de fama y aceptación pasando en algunos casos de ser víctima a victimario. No fue una época fácil, sentirse rechazado porque tenía unos kilos demás o porque no tenía la misma figura de muchos me hizo sentir triste y en ocasiones solitario, más grave aún cuando ese rechazo venía de las niñas. Pasó la época escolar y digamos que quedaron atrás esos momentos difíciles que sin duda dejaron huellas. Luego vino mi vocación de maestro y con ella el regreso al ambiente escolar uno de los escenarios más comunes del matoneo, pero esta vez con un rol diferente: juez, lidiando con los casos que a diario se presentaban. Prevención, acompañamiento y castigos en casos extremos como fórmulas para hacerle frente al problema. Años y años viviendo de cerca este absurdo fenómeno hasta que me retiré de los colegios y seguí mi vocación por otros caminos.
Finalmente ahora como papá me descubro lleno de temores por lo que pueda tocarle vivir a mis hijos.

SOBRE EL SÍNTOMA NO LA ENFERMEDAD

La experiencia personal y los tantos años de trabajo con niños, jóvenes y adultos me han llevado a sacar algunas conclusiones acerca del matoneo.
Existe una línea muy delgada entre ser víctima y victimario. No siempre tenemos el mismo rol. No siempre el matoneo ocurre sólo en la escuela. Nuestra sociedad está llena de escenarios de matoneo. La familia, cuando los padres somos quienes matoneamos a los hijos, o los hermanos mayores a los menores. En los trabajos cuando los que tienen algun nivel de mando matonean a sus subalternos. En el tráfico diario cuando con nuestra forma de conducir pasamos por encima de los demás. En nuestras relaciones de pareja cuando hacemos sentir inferior a áquel con el que compratimos la vida. Y ni hablar de las redes sociales plagadas de matoneo cibernético que es tremendamente más nocivo por su alcance público ilimitado.
Muchos dicen que el matoneo es una enfermedad de esta sociedad moderna tan caótica, pero yo me atrevo a afirmar que el matoneo por el contrario es un síntoma de lo enferma que está nuestra sociedad.
Frases como “la ley del más fuerte prevalece” o “el vivo vive del bobo” son premisas populares sobre las que se han construído todo un sistema de valores. Eso sin dejar de desconocer que la historia de la humanidad (o al menos la que nos han contado) está llena de hechos violentos de abuso y dominación.
Creo que aunque sea muy drástico y triste, es necesario reconocer que en realidad nosotros como sociedad estamos enfermos de gravedad y el matoneo es simplemente un sintoma alarmante y escándaloso.
Tal vez por eso el matoneo ha sido tan díficil de combatir y cada vez los casos son más indignantes, más increíbles y más absurdos. Estamos atacando un síntoma no la enfermedad.

SOBRE LAS HERRAMIENTAS

Qué hacer entonces? 
Primero identificar cuales son nuestros hábitos de matoneo, ya sea como padres, educadores, trabajadores, conductores etc. De esta manera no sólo vamos a ser ejemplo sino que al mismo tiempo tomamos conciencia de nuestro paradigma de valores y vamos poniendo prioridades.
Segundo, sobredosis exagerada de amor propio. Debemos enseñarle a nuestros hijos a que se acepten y se amen como son, debemos crear en ellos una roca firme de autoconfianza y seguridad.
Tercero, anular el miedo. No debemos infundir miedos en nuestros hijos y menos permitir que usando el miedo sean manipulados. Una de las armas más poderosas de los que hacen matoneo es la intimidación y el miedo. 
Cuarto, combatir cualquier manifestación de matoneo. No ser pasivos ni quedarnos callados ante cualquier situación que suponga irrespeto o humillación. Quedarse callado y no hacer nada nos hace complices del que lo hace.
Quinto, conocer las políticas de la escuela sobre el matoneo y cuáles son los protocolos necesarios a seguir en caso de que algo ocurra.
Sexto y último, comunicación franca y abierta. Hablar del tema con ellos, preguntarles si han visto situaciones irregulares, si ellos han hecho o les han hecho matoneo. Estar siempre atentos a sus estados de ánimo y proporcionarles siempre canales abiertos y seguros de comunicación para que puedan hablar cuando lo necesiten.


Dejo entonces estas palabras a consideración de quienes las lean y los invito a que enriquezcan este texto con comentarios para que abramos una discusión que nos nutra a todos y nos permita tener más elementos para hacerle frente a esta triste realidad.