martes, 17 de julio de 2012

VAPOR

Cuando abrió los ojos, todo estaba como nublado; sentía un calor intenso y toda su ropa estaba húmeda. Al levantarse se resbaló ¿Cómo había llegado allí? ¿ Dónde estaba? Trató de hacer memoria. Se arrastró por el piso de cerámica, tratando de alcanzar una tenue luz que veía a su derecha. Todavía ningún recuerdo aparecía. Tocó una puerta metálica. De nuevo intentó ponerse en pie, descubrió que con sus botas se resbalaba. Se las quitó. Por fin de pie, puso su rostro frente a una pequeña ventanita sellada. Limpió el vapor con su mano. Los recuerdos se hicieron evidentes: había llegado ese día a casa con malas noticias; no le habían dado el aumento. Discutió con su esposa. Escuchó los mismos reclamos de siempre, sintió las mismas culpas de siempre. Salió furioso, acomplejado, con el orgullo herido. Caminó no sabe cuántas cuadras. Pensó en buscar a su madre; prefirió evitar un –¿vió? Se lo dije-.
Sintió un intenso frío y un profundo vacío que iniciaba en el vientre y se le tragaba el pecho. Quiso un trago, aunque no tomaba. Vio un aviso de neón, “Baños Turcos”. Ya nada importaba; a pesar de todos sus esfuerzos, seguiría siendo un pobre diablo. Entró al lugar; lo requisó un hombre grande y desaliñado. Pasó a recepción. Preguntó por los servicios. Sintió vergüenza. Lo hicieron entrar en una habitación, eligió una de las 16 jovencitas que esperaban en vestido de baño. Ella lo acompañó al vestier. Le dio asco ponerse la pantaloneta que había alquilado. Preguntó en cuál turco estarían; ella le indicó cómo llegar. –Adelántate que ya voy-, le dijo a la joven. Esperó unos minutos. Se envalentonó, caminó rápido hasta la puerta que le había dicho la joven. Entró vestido. No veía bien. Golpeó a la joven, la llamó con el nombre de su esposa. Se desahogó, descansó. El turco en realidad era relajante. Sintió a la mujer que jadeaba y lloraba alejándose. Se sentó; cerró los ojos. Suspiró.
– ¡Maldita sea!, a pesar de todo, la amo.- Escuchó el leve chirrido de las bisagras al abrirse. En medio del vapor se abrió paso la figura del hombre de la portería. Recibió tantos puñetazos como insultos y se desplomó.
Haló la puerta, empezó a sentir el molimiento en todo su cuerpo por la golpiza. Antes de dejar el lugar le gritaron que no volviera. Caminó de regreso a casa. Compró un cigarrillo, lo hizo rendir por casi dos cuadras. Se detuvo en una esquina. Miró el humo elevarse al cielo. Vio el vapor que emanaba de su cuerpo. Sintió de nuevo un intenso frío y un profundo vacío que iniciaba en el vientre y se le tragaba el pecho. Decidió qué hacer. No volvería. A pesar de amarla no volvería, su sueldo no le alcanzaba para hacerla feliz. De sólo amor ya no se vive. Él, hiciera lo que hiciera, seguiría siendo un pobre diablo. Dio media vuelta. Quiso un trago, aunque no tomaba. Suspiró. Se evaporó.