domingo, 6 de mayo de 2012

SOBRE LUCIA

El olor a quemado y un liviano humo que empezó a inundar lentamente cada rincón del apartamento hasta colarse y mezclarse con el aroma a manzanilla y vitamina E del bálsamo, le recordaron a Lucia, que antes de entrar a ducharse, había dejado sobre el fogón lo que posiblemente ya no seria su almuerzo.
Cerró el grifo rápidamente y se envolvió como pudo en una toalla y casi que resbalándose corrió hasta la cocina. Al llegar, el sartén en el que se cocinaba una de las viejas recetas de la abuela, estaba negro y humeante, y por el afán de evitar un posible incendio retiró éste de la hornilla con tan mala suerte que se quemó la mano. Lo tiró en el lavaplatos abriendo al tiempo la llave y sintió deseos de llorar.
Se devolvió a su cuarto y casi sin elegir se vistió con el primer juego de ropa interior que pudo tomar del cajón
Con la espalda aún húmeda por el continuo goteo de su corto cabello mojado regresó a la cocina para ponerse un tomate crudo sobre su quemadura, tal y como se lo había enseñado la abuela.
No pudo evitarlo, recordó a la abuela y cada maravilloso momento junto a ella, quiso regresar al pueblo, quiso llamar a la abuela pues hacía más de un mes no la oía. Al recordar a la abuela no pudo evitar recordar cada momento junto a él. Recordó las inumerables veces en las que cocinaban junto a la abuela y aderezaban sus sueños de amor. Recordó las lentas tardes de charlas en el patio sentados en la hamaca y recordó las tibias mañanas despertando junto a él.
Recordó que se conocieron mientras él vestía unos jeans rotos y trataba de hacer una llamada a sus tíos de la capital desde la central de teléfonos del pueblo.
Recordó los sueños que habían engendrado juntos y recordó su primera vez, tirados en la hierba escapados del bingo de la parroquia.
Recordó que aún estaba en ropa interior, que le estaba ardiendo la quemadura y que debía estar a las tres de la tarde en la casa de Susana.
Después de vestirse miró el reloj y se dió cuenta que estaba temprano. Rebujó un poco en la parte superior del closet hasta que encontró su diario y el álbum que desde hacia cinco años había preferido olvidar.
Se sentó en la cama y respiró profundo como cuando se va a hacer un clavado para atravesar la piscina de lado a lado, tal vez no quería ahogarse en sus recuerdos y lágrimas.
Abrió el diario sintiendo que enfrentaría su más cruel enemigo, aquel pasado que decidió enterrar aunque nunca pudo matar el amor.
Leyó nostálgicamente las cartas que le enviaba Germán y que había guardado en medio de las hojas de su diario; leyó las frases que ella misma escribió después de cada momento junto a él.
Luego abrió el álbum y se rió con las fotos de su excursión en el ;ultimo grado, casi que una luna de miel adelantada.
Lloró desconsolada al leer que el 25 de mayo Germán, le había propuesto venirse juntos a la capital. Recordó ese viaje desesperante. Recordó la primera noche durmiendo en el piso en uno de los cuartos de la casa de los tíos de Germán.
Prefirió cerrarlo, prefirió dejar ahí su pasado.
Volvió a enterrar el diario y el álbum en la parte superior del closet y cambio las lágrimas por su acostumbrado rostro sereno. Volvió a sentir que su corazón no podía dejar de pertenecerle.
Volvió a recordar su cita de las tres con Susana.
Tomó su mochila, revisó que todo estuviera en orden y salió sin comer nada, con los recuerdos flotando en su mente y el amor serpenteando en su alma.
Mientras caminaba hacia la estación del autobús para ir a la casa de Susana se preguntó por qué después de cinco años lo seguía esperando.
Se preguntó por qué después de esa noche en la que él decidió dejarla con la excusa de sentirse ahogado de necesitar conocer nuevas experiencias para estar seguro de sus sentimientos por ella, guardó silencio y le preparó las maletas empacando en ellas la mitad de su alma.
Se preguntó por qué cuando descubrió que estaba embarazada dos meses después de que él se desapareciera, prefirió llorar toda la noche y no buscarlo para contárselo.
Se preguntó por qué el día que perdió a su bebé y la enfermera le preguntó por el nombre del padre o alguien para avisarle ella prefirió callar y dar el nombre de Susana.
Se preguntó dónde estaría él ahora y si aún la amaba.
Se preguntó por qué el corazón le estaba palpitando tan rápido y por qué de nuevo estaba sintiendo ese extraño calor que le producía la cercanía de Germán.
Se dio cuenta que había olvidado en su apartamento los catálogos de ropa interior que le había prometido llevar a Susana. Decidió devolverse.
Subió las escaleras hasta el tercer piso porque su edificio no tenía ascensor. Llegó sintiéndose un poco asustada, empezó a sentir un fuerte, agudo y penetrante frió que le llegaba hasta el tuétano.
No recordaba donde estaban los catálogos. Buscó en el bifé de la sala, buscó en las gavetas de la cocina pero no halló nada. Entró a su cuarto, buscó en la mesita de noche. Recordó que los había visto en la parte superior del closet.
Miró el reloj ya llegaría tarde a su cita. Abrió el closet revisó en la parte superior y los encontró, no pudo resistir la tentación y  de nuevo desterró el álbum.
Se sentó en la cama, puso los catálogos en la mesita de noche y abrió el álbum.
Repasó las fotos de la excursión, miró la fotos de la abuela, se encontró con las fotos junto a Germán
Se sintió ligeramente acompañada
Despegó del álbum una foto ampliada de Germán, que ella misma le hizo tomar para que entregara con las hojas de vidas días después de su llegada del pueblo.
Lo contempló. Se quedó mirándolo. Se sintió tiernamente abrazada. Se sintió extrañamente amada.
Apretó la foto contra su pecho y las lágrimas de nuevo rodaron por su rostro.
Puso la foto en la mesita de noche, tomó los catálagos y los metió en la mochila. Mientras de nuevo revisaba que nada se le quedara decidió que lo buscaría, que necesitaba saber si aún la amaba.
Se acercó a la puerta. Sonó el teléfono. Debe ser Susana pensó ella. Contestó. Se sintió repentinamente sola. Una voz desconocida preguntó por la señora Lucia Serrano.
- Soy yo- respondió Lucia.
Mientras escuchaba lo que le decía una mujer con voz aguda y chillona, dejó que la bocina se deslizara lentamente desde la oreja hasta el sofá al mismo ritmo que caían sus lágrimas.
Se sintió inmensamente amada. Ya no tendría que buscarlo él ya se había ido para siempre.
Corrió a su cuarto tomó la foto de la mesita de noche, la abrazo contra su pecho y se dejó ahogar en sus lágrimas. Se sintió totalmente segura de que él aún la amaba.