El olor a
quemado y un liviano humo que empezó a inundar lentamente cada
rincón del apartamento hasta colarse y mezclarse con el aroma a
manzanilla y vitamina E del bálsamo, le recordaron a Lucia, que
antes de entrar a ducharse, había dejado sobre el fogón lo que
posiblemente ya no seria su almuerzo.
Cerró el grifo rápidamente
y se envolvió como pudo en una toalla y casi que resbalándose
corrió hasta la cocina. Al llegar, el sartén en el que se cocinaba
una de las viejas recetas de la abuela, estaba negro y humeante, y
por el afán de evitar un posible incendio retiró éste de la
hornilla con tan mala suerte que se quemó la mano. Lo tiró en el
lavaplatos abriendo al tiempo la llave y sintió deseos de llorar.
Se devolvió a su cuarto y
casi sin elegir se vistió con el primer juego de ropa interior que
pudo tomar del cajón
Con la espalda aún húmeda
por el continuo goteo de su corto cabello mojado regresó a la cocina
para ponerse un tomate crudo sobre su quemadura, tal y como se lo
había enseñado la abuela.
No pudo evitarlo, recordó
a la abuela y cada maravilloso momento junto a ella, quiso regresar
al pueblo, quiso llamar a la abuela pues hacía más de un mes no la
oía. Al recordar a la abuela no pudo evitar recordar cada momento
junto a él. Recordó las inumerables veces en las que cocinaban junto
a la abuela y aderezaban sus sueños de amor. Recordó las lentas
tardes de charlas en el patio sentados en la hamaca y recordó las
tibias mañanas despertando junto a él.
Recordó que se conocieron
mientras él vestía unos jeans rotos y trataba de hacer una llamada a
sus tíos de la capital desde la central de teléfonos del pueblo.
Recordó los sueños que
habían engendrado juntos y recordó su primera vez, tirados en la
hierba escapados del bingo de la parroquia.
Recordó que aún estaba en
ropa interior, que le estaba ardiendo la quemadura y que debía estar
a las tres de la tarde en la casa de Susana.
Después de vestirse miró el reloj y se dió cuenta que estaba temprano. Rebujó un poco en la
parte superior del closet hasta que encontró su diario y el álbum
que desde hacia cinco años había preferido olvidar.
Se sentó en la cama y
respiró profundo como cuando se va a hacer un clavado para atravesar
la piscina de lado a lado, tal vez no quería ahogarse en sus
recuerdos y lágrimas.
Abrió el diario sintiendo
que enfrentaría su más cruel enemigo, aquel pasado que decidió
enterrar aunque nunca pudo matar el amor.
Leyó nostálgicamente las
cartas que le enviaba Germán y que había guardado en medio de las
hojas de su diario; leyó las frases que ella misma escribió después
de cada momento junto a él.
Luego abrió el álbum y
se rió con las fotos de su excursión en el ;ultimo grado, casi que
una luna de miel adelantada.
Lloró desconsolada al leer
que el 25 de mayo Germán, le había propuesto venirse juntos a la
capital. Recordó ese viaje desesperante. Recordó la primera noche
durmiendo en el piso en uno de los cuartos de la casa de los tíos de
Germán.
Prefirió cerrarlo,
prefirió dejar ahí su pasado.
Volvió a enterrar el
diario y el álbum en la parte superior del closet y cambio las
lágrimas por su acostumbrado rostro sereno. Volvió a sentir que su
corazón no podía dejar de pertenecerle.
Volvió a recordar su cita
de las tres con Susana.
Tomó su mochila, revisó
que todo estuviera en orden y salió sin comer nada, con los recuerdos
flotando en su mente y el amor serpenteando en su alma.
Mientras caminaba hacia la
estación del autobús para ir a la casa de Susana se preguntó por
qué después de cinco años lo seguía esperando.
Se preguntó por qué
después de esa noche en la que él decidió dejarla con la excusa de
sentirse ahogado de necesitar conocer nuevas experiencias para estar
seguro de sus sentimientos por ella, guardó silencio y le preparó las
maletas empacando en ellas la mitad de su alma.
Se preguntó por qué cuando
descubrió que estaba embarazada dos meses después de que él se
desapareciera, prefirió llorar toda la noche y no buscarlo para
contárselo.
Se preguntó por qué el día
que perdió a su bebé y la enfermera le preguntó por el nombre del
padre o alguien para avisarle ella prefirió callar y dar el nombre
de Susana.
Se preguntó dónde estaría
él ahora y si aún la amaba.
Se preguntó por qué el
corazón le estaba palpitando tan rápido y por qué de nuevo estaba
sintiendo ese extraño calor que le producía la cercanía de Germán.
Se dio cuenta que había
olvidado en su apartamento los catálogos de ropa interior que le
había prometido llevar a Susana. Decidió devolverse.
Subió las escaleras hasta
el tercer piso porque su edificio no tenía ascensor. Llegó
sintiéndose un poco asustada, empezó a sentir un fuerte, agudo y
penetrante frió que le llegaba hasta el tuétano.
No recordaba donde estaban
los catálogos. Buscó en el bifé de la sala, buscó en las gavetas de
la cocina pero no halló nada. Entró a su cuarto, buscó en la mesita
de noche. Recordó que los había visto en la parte superior del
closet.
Miró el reloj ya llegaría
tarde a su cita. Abrió el closet revisó en la parte superior y los
encontró, no pudo resistir la tentación y de nuevo desterró el álbum.
Se sentó en la cama, puso
los catálogos en la mesita de noche y abrió el álbum.
Repasó las fotos de la
excursión, miró la fotos de la abuela, se encontró con las fotos
junto a Germán
Se sintió ligeramente
acompañada
Despegó del álbum una
foto ampliada de Germán, que ella misma le hizo tomar para que
entregara con las hojas de vidas días después de su llegada del
pueblo.
Lo contempló. Se quedó
mirándolo. Se sintió tiernamente abrazada. Se sintió extrañamente
amada.
Apretó la foto contra su
pecho y las lágrimas de nuevo rodaron por su rostro.
Puso la foto en la mesita
de noche, tomó los catálagos y los metió en la mochila. Mientras de
nuevo revisaba que nada se le quedara decidió que lo buscaría, que
necesitaba saber si aún la amaba.
Se acercó a la puerta.
Sonó el teléfono. Debe ser Susana pensó ella. Contestó. Se sintió
repentinamente sola. Una voz desconocida
preguntó por la señora Lucia Serrano.
- Soy yo- respondió
Lucia.
Mientras escuchaba lo que
le decía una mujer con voz aguda y chillona, dejó que la bocina se
deslizara lentamente desde la oreja hasta el sofá al mismo ritmo que
caían sus lágrimas.
Se sintió inmensamente
amada. Ya no tendría que buscarlo él ya se había ido para siempre.
Corrió a su cuarto tomó
la foto de la mesita de noche, la abrazo contra su pecho y se dejó
ahogar en sus lágrimas. Se sintió totalmente segura de que él aún la
amaba.