Se acercó a la recepcionista aguantando lo más que podía la incomodidad y el dolor. Presentó sus documentos y requirió que lo atendiera sólo personal femenino. Pagó su cuota moderadora y se quedó de pie esperando que lo llamaran para hacerle el triage y determinar la gravedad de su urgencia médica. Prefirió recostarse contra la pared para disimular un poco y para no tener que moverse mucho y así evitar sentir dolor, aunque a veces sentía placer.
Se empezó a comer las uñas. Pasaron más de 30 minutos y ese dolor en sus entrañas se hacía inaguantable. Se acercó a la recepcionista de nuevo y le preguntó que si lo podían atender de inmediato.
Hay muchos pacientes delante suyo, le toca esperar otro poquito. Descarada, pensó: como no es ella la que tiene ese dolor clavándose más en su interior. Caminó de nuevo hacia la pared haciendo ciertos movimientos acomodatorios. Cuando estaba llegando se dio cuenta que el vigilante de la puerta que conduce a la sala de triage no estaba, disimuló un poco y se coló.
Se acercó a la primera enfermera que vio, y le pidió, amablemente pero con firmeza, que lo evaluara. Lo siento, pero si no lo hemos llamado tiene que esperar afuerita. Hay mucha gente hoy. Trató de guardar la compostura pero una fuerte contracción en su vientre bajo le recordó que no podía seguir esperando.
Levantó un poco el tono de su voz y le exigió de nuevo a la enfermera que lo evaluara. Ella muy contrariada le dijo que se acostara en la camilla de la esquina que ya buscaría a alguien para que lo evaluara. Él aún con su tono de voz alto de nuevo pidió que fuera una mujer y no un hombre quien lo atendiera.
Llegó a la camilla y sin dudarlo se acostó boca abajo mirando hacia el escritorio donde la enfermera hablaba con otra mujer.
Buenas tardes soy la doctora López. El la miró y pensó que era muy joven pero de inmediato su atención fue atraída por la doctora quien lo estaba regañándo por la forma en que pidió ser atendido. A él sólo le importaba ese terrible dolor. Se disculpó sin que de verdad quisiera hacerlo y le pidió a la doctora que cerrara la cortina que separaba las camillas. Sin decir palabra alguna, y mientras la doctora le preguntaba por los síntomas y/o razones de estar en urgencias, se bajó el pantalón de la sudadera.
La doctora se quedó sin palabras. Pero ¿cómo llegó eso ahí?, preguntó. De inmediato se acercó un poco más para confirmar lo que estaba viendo. Él se sintió incómodo, apenado y de alguna manera discriminado ante el silencio de la doctora. Se volteó un poco y le pidió que dijera algo. La doctora reaccionó y de nuevo le preguntó cómo había llegado ese objeto ahí. Él, sintiendo de nuevo un dolor intenso y sin más reparos, le contestó: Es que tuve una de mis crisis, quise no sentirme tan solo, usted sabe, y pues decidí consolarme un poco y lo único que encontré a la mano fue eso.
La doctora no salía aún de su asombro. Le preguntó si podía tocarlo y mirar un poco más. Él asintió con un gesto de dolor. Acto seguido preguntó: lo que no entiendo es por qué se quedó ahí, por qué ya no sale.
La doctora dio muestras de no tener ni idea. Anotó dos o tres cosas en el talonario del triage y le dijo: lo vamos a pasar de inmediato a otra sala, vamos a tener que llamar al internista. ¿Es una mujer? Preguntó él. No, le contestó la doctora. La cortinita se abrió y el vio como la doctora se sentaba a escribir en el computador y luego tomó el teléfono.
Se subió la sudadera. Unos minutos después la misma enfermera que lo recibió llegó a la camilla y le advirtió que sería trasladado a una sala de cirugías. Él se asustó un poco, pero sabía que ya no había marcha atrás, lo que fuera con tal de sacarse ese problemita. El dolor de nuevo se hizo intenso y una fortísima contracción le hizo brotar unas lágrimas. Estuvo sólo por más de media hora en la sala de cirugía. Sintió que la puerta se abría y oyó la voz de la doctora y la de un hombre. Buenas noches, soy el doctor Delgado. No sabía cual de todas las sensaciones en él era la predominante si su dolor, su indignación, su rabia o sus deseos de que esto terminara pronto. Bájese la sudadera por favor, la doctora ya me contó lo que le pasó. Él obedeció sin más, se sentía terriblemente avergonzado. El doctor Delgado lo examinó más detenidamente, movió delicadamente el objeto y le preguntó que clase de dolor sentía. Él le explicó sobre las contracciones, fuertes punzadas y como si estuvieran aspirándolo por dentro cuando el objeto se movía.
Siente como succión, preguntó el doctor. Sí, como si me estuvieran halando con una chupa. El doctor hizo algunas anotaciones y le ordenó subirse la sudadera. Él le preguntó al doctor si le podían dar algo para el dolor y si iban a poder ayudarlo. El doctor le dio algunas indicaciones a la doctora y luego lo miró. Pues hombre, para el dolor podemos darle algo pero lo más importante es acabar con esto cuanto antes. Cuénteme algo, ¿esa botella tenía tapa o no? No, respondió secamente. Bien, ahora entiendo. Al parecer esto es un problema de vacío. Lo que sucedió fue que como usted utilizó este objeto sin tapa, al parecer se cumplió un fenómeno físico conocido como succión de vacío. Es decir, al estar entrando y saliendo de la cavidad rectal la botella se fue llenando de aire hasta formar una especie de succión lo que hizo que se quedara atorada. No podemos halarla pues podríamos desprenderle el recto. Sólo contamos con dos opciones: la primera es calentar la botella para que el aire caliente nos permita sacarla o la segunda es hacer una cirugía pues se pueden empezar a comprometer otras zonas internas. Yo pienso que deberíamos probar con la primera.
Él quería que la tierra se lo tragara. ¿Cómo demonios no sabía lo del efecto succión y vacío? ¿Por qué se dejó llevar de la lujuria? ¿Por qué la soledad era tan implacable? ¿Por qué su afectividad tenía que ser así? Miró al doctor mientras las lágrimas rodaban por su rostro. Está bien haga lo que sea necesario para solucionar este asunto. De inmediato el doctor ordenó preparar la sala para realizar el procedimiento de calentar la botella.
Entraron varias enfermeras, trajeron gasas y algunos instrumentos quirúrgicos. Le pusieron una inyección para el dolor y cubrieron las nalgas con sabanas. El doctor tomó con sus manos el culo de la botella de vidrio y con mucho cuidado empezó a dejar que el chorro de aire caliente que salía de una manguera se concentrara en un solo punto. El vidrio como buen material conductor se empezó a calentar y mientras eso ocurría el doctor halaba suavemente la botella sin dejar de apuntar el chorro de aire.
Pasaron algunos minutos y él sentía que el dolor menguaba y la botella cedía. Cerró los ojos y por un instante sintió el asco de la autodiscriminación y se maldijo por ser gay. Sintió una succión en su recto, luego la botella salió y una bocanada de aire caliente metiéndose hasta las entrañas por el recto lo hizo estremecerse. Sintió un inmenso vacío un su entrañas y descansó. Sintió el vacío un su corazón, lloró. Sintió que la soledad de nuevo ganaba la guerra. Sintió vergüenza. Sintió que le dolía el alma. Necesitaba un abrazo. Cerró los ojos y suspiró profundamente como tratando de llenar un vacío.
Se empezó a comer las uñas. Pasaron más de 30 minutos y ese dolor en sus entrañas se hacía inaguantable. Se acercó a la recepcionista de nuevo y le preguntó que si lo podían atender de inmediato.
Hay muchos pacientes delante suyo, le toca esperar otro poquito. Descarada, pensó: como no es ella la que tiene ese dolor clavándose más en su interior. Caminó de nuevo hacia la pared haciendo ciertos movimientos acomodatorios. Cuando estaba llegando se dio cuenta que el vigilante de la puerta que conduce a la sala de triage no estaba, disimuló un poco y se coló.
Se acercó a la primera enfermera que vio, y le pidió, amablemente pero con firmeza, que lo evaluara. Lo siento, pero si no lo hemos llamado tiene que esperar afuerita. Hay mucha gente hoy. Trató de guardar la compostura pero una fuerte contracción en su vientre bajo le recordó que no podía seguir esperando.
Levantó un poco el tono de su voz y le exigió de nuevo a la enfermera que lo evaluara. Ella muy contrariada le dijo que se acostara en la camilla de la esquina que ya buscaría a alguien para que lo evaluara. Él aún con su tono de voz alto de nuevo pidió que fuera una mujer y no un hombre quien lo atendiera.
Llegó a la camilla y sin dudarlo se acostó boca abajo mirando hacia el escritorio donde la enfermera hablaba con otra mujer.
Buenas tardes soy la doctora López. El la miró y pensó que era muy joven pero de inmediato su atención fue atraída por la doctora quien lo estaba regañándo por la forma en que pidió ser atendido. A él sólo le importaba ese terrible dolor. Se disculpó sin que de verdad quisiera hacerlo y le pidió a la doctora que cerrara la cortina que separaba las camillas. Sin decir palabra alguna, y mientras la doctora le preguntaba por los síntomas y/o razones de estar en urgencias, se bajó el pantalón de la sudadera.
La doctora se quedó sin palabras. Pero ¿cómo llegó eso ahí?, preguntó. De inmediato se acercó un poco más para confirmar lo que estaba viendo. Él se sintió incómodo, apenado y de alguna manera discriminado ante el silencio de la doctora. Se volteó un poco y le pidió que dijera algo. La doctora reaccionó y de nuevo le preguntó cómo había llegado ese objeto ahí. Él, sintiendo de nuevo un dolor intenso y sin más reparos, le contestó: Es que tuve una de mis crisis, quise no sentirme tan solo, usted sabe, y pues decidí consolarme un poco y lo único que encontré a la mano fue eso.
La doctora no salía aún de su asombro. Le preguntó si podía tocarlo y mirar un poco más. Él asintió con un gesto de dolor. Acto seguido preguntó: lo que no entiendo es por qué se quedó ahí, por qué ya no sale.
La doctora dio muestras de no tener ni idea. Anotó dos o tres cosas en el talonario del triage y le dijo: lo vamos a pasar de inmediato a otra sala, vamos a tener que llamar al internista. ¿Es una mujer? Preguntó él. No, le contestó la doctora. La cortinita se abrió y el vio como la doctora se sentaba a escribir en el computador y luego tomó el teléfono.
Se subió la sudadera. Unos minutos después la misma enfermera que lo recibió llegó a la camilla y le advirtió que sería trasladado a una sala de cirugías. Él se asustó un poco, pero sabía que ya no había marcha atrás, lo que fuera con tal de sacarse ese problemita. El dolor de nuevo se hizo intenso y una fortísima contracción le hizo brotar unas lágrimas. Estuvo sólo por más de media hora en la sala de cirugía. Sintió que la puerta se abría y oyó la voz de la doctora y la de un hombre. Buenas noches, soy el doctor Delgado. No sabía cual de todas las sensaciones en él era la predominante si su dolor, su indignación, su rabia o sus deseos de que esto terminara pronto. Bájese la sudadera por favor, la doctora ya me contó lo que le pasó. Él obedeció sin más, se sentía terriblemente avergonzado. El doctor Delgado lo examinó más detenidamente, movió delicadamente el objeto y le preguntó que clase de dolor sentía. Él le explicó sobre las contracciones, fuertes punzadas y como si estuvieran aspirándolo por dentro cuando el objeto se movía.
Siente como succión, preguntó el doctor. Sí, como si me estuvieran halando con una chupa. El doctor hizo algunas anotaciones y le ordenó subirse la sudadera. Él le preguntó al doctor si le podían dar algo para el dolor y si iban a poder ayudarlo. El doctor le dio algunas indicaciones a la doctora y luego lo miró. Pues hombre, para el dolor podemos darle algo pero lo más importante es acabar con esto cuanto antes. Cuénteme algo, ¿esa botella tenía tapa o no? No, respondió secamente. Bien, ahora entiendo. Al parecer esto es un problema de vacío. Lo que sucedió fue que como usted utilizó este objeto sin tapa, al parecer se cumplió un fenómeno físico conocido como succión de vacío. Es decir, al estar entrando y saliendo de la cavidad rectal la botella se fue llenando de aire hasta formar una especie de succión lo que hizo que se quedara atorada. No podemos halarla pues podríamos desprenderle el recto. Sólo contamos con dos opciones: la primera es calentar la botella para que el aire caliente nos permita sacarla o la segunda es hacer una cirugía pues se pueden empezar a comprometer otras zonas internas. Yo pienso que deberíamos probar con la primera.
Él quería que la tierra se lo tragara. ¿Cómo demonios no sabía lo del efecto succión y vacío? ¿Por qué se dejó llevar de la lujuria? ¿Por qué la soledad era tan implacable? ¿Por qué su afectividad tenía que ser así? Miró al doctor mientras las lágrimas rodaban por su rostro. Está bien haga lo que sea necesario para solucionar este asunto. De inmediato el doctor ordenó preparar la sala para realizar el procedimiento de calentar la botella.
Entraron varias enfermeras, trajeron gasas y algunos instrumentos quirúrgicos. Le pusieron una inyección para el dolor y cubrieron las nalgas con sabanas. El doctor tomó con sus manos el culo de la botella de vidrio y con mucho cuidado empezó a dejar que el chorro de aire caliente que salía de una manguera se concentrara en un solo punto. El vidrio como buen material conductor se empezó a calentar y mientras eso ocurría el doctor halaba suavemente la botella sin dejar de apuntar el chorro de aire.
Pasaron algunos minutos y él sentía que el dolor menguaba y la botella cedía. Cerró los ojos y por un instante sintió el asco de la autodiscriminación y se maldijo por ser gay. Sintió una succión en su recto, luego la botella salió y una bocanada de aire caliente metiéndose hasta las entrañas por el recto lo hizo estremecerse. Sintió un inmenso vacío un su entrañas y descansó. Sintió el vacío un su corazón, lloró. Sintió que la soledad de nuevo ganaba la guerra. Sintió vergüenza. Sintió que le dolía el alma. Necesitaba un abrazo. Cerró los ojos y suspiró profundamente como tratando de llenar un vacío.