lunes, 12 de febrero de 2018

BULLY FREE ZONE

Cuando se acercó el momento de decidir cómo sería el inicio de la vida escolar de nuestra hija me llené de expectativas. Habíamos pensado en que la mejor opción era la escuela en casa (home schooling) haciendo hincapié en la facilidad que este método ofrece para que los niños puedan hacer otras actividades de su interés a la par con una rutina escolar. Pero cuando ya casi teníamos una decisión clara fue ella, mi pequeña, la que puso sobre la mesa de discusión su deseo de poder estar en un salón con otros pares. La necesidad de socializar. 
Luego de mucho pensar y analizar los pro y los contras, y de tener en cuenta que la escuela en casa tal vez no ofrece esa posibilidad de experimentar al otro de primera mano en cotidianidad, optamos entonces por seguir el método tradicional escolar y permitirle a nuestra hija que asistiera a clases en un salón con otros niños.
Desde ese momento entonces mis expectativas cambiaron y descubrí que había un aspecto que no me dejaba tranquilo, sabía que la parte académica y cognitiva no serían un problema más sin embargo la parte social y afectiva sí. 
Mientras la contemplaba dormida por mi mente pasaba la idea de que podría pasar si ella se veia envuelta en una situación de matoneo ya fuera como victimaria o como victima. Qué hacer si eso llegase a pasar? Cómo reaccionaría ella? Cómo reaccionaría yo? Qué haríamos como papás, como educadores?

Decidí entonces acudir a una de las mejores herramientas que a lo largo de mi vida me han permitido hacer catársis para ver con claridad el panorama, he aquí entonces el resultado de mis elucubraciones.

No pretendo acá escribir una cátedra sobre el tema ni mucho menos aportar datos nuevos sobre un tema que ha sido objeto de muchas investigaciones y estudios. Simplemente quiero compartir algunos pensamientos y experiencias que se suscitaron ante la iniciación de la vida escolar de mi hija.

SOBRE EL MATONEO

Todos en algún momento de nuestras vidas nos hemos visto involucrados en una situación de matoneo o bullying. Ya sea como protagonistas (víctima y victimarios), como jueces (padres o educadores) o como espectadores (pasivos o activos). La vida querámoslo o no nos ha enfrentado a este tipo de experiencias de la vida social para nada agradables. En mi caso digamos que he vivido todos. Siendo niño en el colegio fui víctima de burlas y comentarios hirientes por ser gordo. Ya cuando fui un adolescente blindado por los ataques sobre mi cuerpo supe sobresalir en otras cosas y juntarme con quienes de alguna manera gozaban de fama y aceptación pasando en algunos casos de ser víctima a victimario. No fue una época fácil, sentirse rechazado porque tenía unos kilos demás o porque no tenía la misma figura de muchos me hizo sentir triste y en ocasiones solitario, más grave aún cuando ese rechazo venía de las niñas. Pasó la época escolar y digamos que quedaron atrás esos momentos difíciles que sin duda dejaron huellas. Luego vino mi vocación de maestro y con ella el regreso al ambiente escolar uno de los escenarios más comunes del matoneo, pero esta vez con un rol diferente: juez, lidiando con los casos que a diario se presentaban. Prevención, acompañamiento y castigos en casos extremos como fórmulas para hacerle frente al problema. Años y años viviendo de cerca este absurdo fenómeno hasta que me retiré de los colegios y seguí mi vocación por otros caminos.
Finalmente ahora como papá me descubro lleno de temores por lo que pueda tocarle vivir a mis hijos.

SOBRE EL SÍNTOMA NO LA ENFERMEDAD

La experiencia personal y los tantos años de trabajo con niños, jóvenes y adultos me han llevado a sacar algunas conclusiones acerca del matoneo.
Existe una línea muy delgada entre ser víctima y victimario. No siempre tenemos el mismo rol. No siempre el matoneo ocurre sólo en la escuela. Nuestra sociedad está llena de escenarios de matoneo. La familia, cuando los padres somos quienes matoneamos a los hijos, o los hermanos mayores a los menores. En los trabajos cuando los que tienen algun nivel de mando matonean a sus subalternos. En el tráfico diario cuando con nuestra forma de conducir pasamos por encima de los demás. En nuestras relaciones de pareja cuando hacemos sentir inferior a áquel con el que compratimos la vida. Y ni hablar de las redes sociales plagadas de matoneo cibernético que es tremendamente más nocivo por su alcance público ilimitado.
Muchos dicen que el matoneo es una enfermedad de esta sociedad moderna tan caótica, pero yo me atrevo a afirmar que el matoneo por el contrario es un síntoma de lo enferma que está nuestra sociedad.
Frases como “la ley del más fuerte prevalece” o “el vivo vive del bobo” son premisas populares sobre las que se han construído todo un sistema de valores. Eso sin dejar de desconocer que la historia de la humanidad (o al menos la que nos han contado) está llena de hechos violentos de abuso y dominación.
Creo que aunque sea muy drástico y triste, es necesario reconocer que en realidad nosotros como sociedad estamos enfermos de gravedad y el matoneo es simplemente un sintoma alarmante y escándaloso.
Tal vez por eso el matoneo ha sido tan díficil de combatir y cada vez los casos son más indignantes, más increíbles y más absurdos. Estamos atacando un síntoma no la enfermedad.

SOBRE LAS HERRAMIENTAS

Qué hacer entonces? 
Primero identificar cuales son nuestros hábitos de matoneo, ya sea como padres, educadores, trabajadores, conductores etc. De esta manera no sólo vamos a ser ejemplo sino que al mismo tiempo tomamos conciencia de nuestro paradigma de valores y vamos poniendo prioridades.
Segundo, sobredosis exagerada de amor propio. Debemos enseñarle a nuestros hijos a que se acepten y se amen como son, debemos crear en ellos una roca firme de autoconfianza y seguridad.
Tercero, anular el miedo. No debemos infundir miedos en nuestros hijos y menos permitir que usando el miedo sean manipulados. Una de las armas más poderosas de los que hacen matoneo es la intimidación y el miedo. 
Cuarto, combatir cualquier manifestación de matoneo. No ser pasivos ni quedarnos callados ante cualquier situación que suponga irrespeto o humillación. Quedarse callado y no hacer nada nos hace complices del que lo hace.
Quinto, conocer las políticas de la escuela sobre el matoneo y cuáles son los protocolos necesarios a seguir en caso de que algo ocurra.
Sexto y último, comunicación franca y abierta. Hablar del tema con ellos, preguntarles si han visto situaciones irregulares, si ellos han hecho o les han hecho matoneo. Estar siempre atentos a sus estados de ánimo y proporcionarles siempre canales abiertos y seguros de comunicación para que puedan hablar cuando lo necesiten.


Dejo entonces estas palabras a consideración de quienes las lean y los invito a que enriquezcan este texto con comentarios para que abramos una discusión que nos nutra a todos y nos permita tener más elementos para hacerle frente a esta triste realidad.