Cuando abrió los ojos, todo estaba como nublado;
sentía un calor intenso y toda su ropa estaba húmeda. Al levantarse
se resbaló ¿Cómo había llegado allí? ¿ Dónde estaba? Trató de
hacer memoria. Se arrastró por el piso de cerámica, tratando de
alcanzar una tenue luz que veía a su derecha. Todavía ningún
recuerdo aparecía. Tocó una puerta metálica. De nuevo intentó
ponerse en pie, descubrió que con sus botas se resbalaba. Se las
quitó. Por fin de pie, puso su rostro frente a una pequeña
ventanita sellada. Limpió el vapor con su mano. Los recuerdos se
hicieron evidentes: había llegado ese día a casa con malas
noticias; no le habían dado el aumento. Discutió con su esposa.
Escuchó los mismos reclamos de siempre, sintió las mismas culpas de
siempre. Salió furioso, acomplejado, con el orgullo herido. Caminó
no sabe cuántas cuadras. Pensó en buscar a su madre; prefirió
evitar un –¿vió? Se lo dije-.
Sintió un intenso frío y un profundo vacío que
iniciaba en el vientre y se le tragaba el pecho. Quiso un trago,
aunque no tomaba. Vio un aviso de neón, “Baños Turcos”. Ya nada
importaba; a pesar de todos sus esfuerzos, seguiría siendo un pobre
diablo. Entró al lugar; lo requisó un hombre grande y desaliñado.
Pasó a recepción. Preguntó por los servicios. Sintió vergüenza.
Lo hicieron entrar en una habitación, eligió una de las 16
jovencitas que esperaban en vestido de baño. Ella lo acompañó al
vestier. Le dio asco ponerse la pantaloneta que había alquilado.
Preguntó en cuál turco estarían; ella le indicó cómo llegar.
–Adelántate que ya voy-, le dijo a la joven. Esperó unos minutos.
Se envalentonó, caminó rápido hasta la puerta que le había dicho
la joven. Entró vestido. No veía bien. Golpeó a la joven, la llamó
con el nombre de su esposa. Se desahogó, descansó. El turco en
realidad era relajante. Sintió a la mujer que jadeaba y lloraba
alejándose. Se sentó; cerró los ojos. Suspiró.
– ¡Maldita sea!, a pesar de todo, la amo.-
Escuchó el leve chirrido de las bisagras al abrirse. En medio del
vapor se abrió paso la figura del hombre de la portería. Recibió
tantos puñetazos como insultos y se desplomó.
Haló la puerta, empezó a sentir el molimiento en
todo su cuerpo por la golpiza. Antes de dejar el lugar le gritaron
que no volviera. Caminó de regreso a casa. Compró un cigarrillo, lo
hizo rendir por casi dos cuadras. Se detuvo en una esquina. Miró el
humo elevarse al cielo. Vio el vapor que emanaba de su cuerpo. Sintió
de nuevo un intenso frío y un profundo vacío que iniciaba en el
vientre y se le tragaba el pecho. Decidió qué hacer. No volvería.
A pesar de amarla no volvería, su sueldo no le alcanzaba para
hacerla feliz. De sólo amor ya no se vive. Él, hiciera lo que
hiciera, seguiría siendo un pobre diablo. Dio media vuelta. Quiso un
trago, aunque no tomaba. Suspiró. Se evaporó.
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