martes, 12 de junio de 2012

JAQUECA

- Eso debe ser el estrés.- Pensó cuando a la madrugada lo despertó esa terrible punzada como de picahielo justo en la frente y que le dejó luego un calor intenso en todo el cerebro. No pudo conciliar el sueño. A pesar del terrible dolor en su cabeza, tenía que ir a trabajar. A penas si pudo ducharse, se puso el uniforme que no combinaba y que tan poco le gustaba. Mordisqueó un pan con mantequilla y tomó un cuarto de taza de café con leche. Volvería a llegar tarde. Mientras caminaba hacia la estación del Metro, sintió que el dolor disminuía, el aire de la mañana le refrescaba su cerebro caliente. Tuvo que esperar poco por el siguiente tren. Como era costumbre a esa hora ya los vagones iban repletos y tendría que viajar de pie. Se ubicó en la mitad del vagón. Sintió que le tocaban la rodilla. Una jovencita colegiala le cedió el puesto. Se sintió viejo, se sintió agradecido. De nuevo esa terrible punzada como de picahielo llegó a su frente. Cerró los ojos. Recordó aquella noche en la que Ofelia le confesó que había abortado, que había tirado a la basura un pedazo de su vida, que lo había privado de lo que el más deseaba. Al día siguiente Ofelia no estaba, no podía seguir viviendo junto a ella. Lo volvió a la realidad la voz grabada que anunciaba la próxima estación, en español y en inglés. Aún faltaban tres estaciones para la suya. Se le calentó de nuevo el cerebro. El Metro debería tener ventanas. Frente a él se paró una exuberante mujer vaporosamente vestida, cuidadosamente bronceada, quirúrgicamente moldeada. No pudo evitar fijar su mirada en ella. Se sintió morboso. Recorrió su pelvis apenas cubierta por la tanga que se entreveía por la tela ligera de la falda. Olfateó su vientre destapado impregnado de crema de durazno. Deseó acariciar esos senos redondos y firmes que asomaban coquetos por la blusita escotada. Sintió que el dolor disminuía, el calor del cerebro bajaba. Sintió vergüenza. Se acomodó disimuladamente el pantalón. De nuevo el anuncio de la próxima estación. La mujer llegó a su destino. La siguió hasta la puerta con su mirada. Al cerrarse las puertas de nuevo esa terrible punzada como de picahielo llegó a su frente. Se tomó la cabeza con ambas manos. Cerró los ojos. Se hizo presente un sus recuerdos Laura. La vio ahí, tendida en la cama, desnuda, en el hotelucho del centro que quedaba cerca del trabajo. Recorrió con el recuerdo sus anchas caderas, su espalda firme y su figura sinuosa. Sintió el olor agridulce de sus tardes de sexo. Recordó la noche en la que ella le dijo que se casaría y que ya no podrían seguir en ésas. Un apurado hombre con pinta de visitador médico lo pisó. Volvió al Metro. Ese intenso calor en el cerebro se hacía más fuerte. Trató de agacharse para limpiar su zapato, pero el fuerte dolor se lo impidió. Volvió la voz grabada anunciando la siguiente estación, la próxima era la suya. El vagón ya iba un poco más desocupado, junto a él había un puesto vacío. Se sentó un hombre hablando por celular. – Mierda, dejé el celular – se acordó. De todos modos no era importante, a él ya nadie lo llamaba. Fue inevitable escuchar la conversación del hombre junto a él. Hablaba con alguien sobre una mujer, un buen amor al parecer. No había notado que el calor del cerebro disminuía y que se sentía mejor. Por la ventana vio el inmenso edificio de la Gobernación, ésa era la señal para irse preparando y acercarse a la puerta. Su parada estaba cerca. Se aferró al tubo vertical cercano a las puertas. Se inclinó un poco para ver cuanto faltaba. De nuevo esa terrible punzada como de picahielo le dio una última estocada en la frente. Se secó el copioso sudor. Al abrirse las puertas una bocanada de aire caliente y el olor a polvo húmedo lo abofeteó. Se bajó de prisa. Al empezar a bajar por las escaleras de la estación se sintió mareado. Tomó un descanso. Se sentó en las escaleras. De nuevo se secó el sudor. Se hizo masaje con los dedos en las sienes. Cerró los ojos. Tomó aire profundamente. Escuchó el ruido de los cristales al brindar. Recordó que el día de su jubilación nadie lo acompañó. Sintió una lúgubre tristeza. Tal vez la misma que sintió hace 2 semanas atrás en el funeral de su Consuelito. Ella que lo había acompañado los últimos cinco años, ella que no alcanzó a verlo recibiendo su jubilación. Ella, Ella, Ella. Él sabía que no aguantaría tanta soledad. Nunca fue un hombre solitario. No importaba que a veces la compañía fuera pagada. Abrió los ojos sintió ese intenso calor que le cocinaba el cerebro. Se dio cuenta de que nada tenía que hacer uniformado, ni en el centro. No había trabajo a donde ir. Era sólo la rutina. Era sólo otra forma de evitar la soledad sin Consuelo. Cerró los ojos, se tomó la cabeza con las manos. Leyó de nuevo la placa que le entregaron en la empresa:
...Otorga a: Jaime Quesada Camargo por 25 años de servicio fiel y dedicado...
Sintió que el calor disminuía para siempre.

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