Aunque le pareció enfermo y descabellado, la frase se fue quedando en su mente: "el dolor y la tristeza son los mejores afrodisíacos." Duró varios días tratando de encontrar razones para apoyas o desvirtuar tal argumento, y al final llegaba a la misma conclusión: había que probarlo. No era que él estuviera desesperado, pero últimamente sus métodos tradicionales de conquista no estaban teniendo los mismos resultados. Además era un reto y a él le gustaban los retos. Decidió entonces que lo haría una vez y si no resultaba daría por hecho que tan sólo era una frase de película.
Ese sábado, tomó el periódico y buscó la sección de los obituarios. Los leyó detenidamente y le interesó uno en el cual "sus hijos, nietos y amigos le dan su más sentido pésame." Anotó la dirección de la casa funeraria y se fue a vestir de luto.
Llegó dos horas antes de que partieran con el féretro para la iglesia. Entró un poco asustado y sintiendo que estaba haciendo algo ridículo, pero él quería probar la veracidad de la frase. Buscó en el directorio de la entrada la sala 7, tomó el ascensor. Mientras caminaba hacia la sala fue sintiendo la fuerte mezcla de aromas a flores fúnebres, lágrimas y trasnocho. Caminó mirando la gente de los otros velorios y un halo triste se le quiso colar en el alma, pero recordó su misión y siguió firme dejando la sensibilidad a un lado. La sala estaba llena de gente, se veía que el difunto fue una gran persona. Tanteo el terreno con una mirada panorámica y se quedó parado leyendo los mensajes del libro de visitas, buscando información útil para su simulación. Mientras estaba leyendo una señora se le acercó y le preguntó la hora, luego le dijo unas unas palabras de consuelo por e abuelo. Él le siguió la corriente. Anunciaron un rosario por el eterno descanso del difunto y todos se empezaron a apiñar cerca del ataúd. Él disimuladamente se fue acercando guardando la distancia cuando de pronto vió a su presa. Ella debía estar por los treinta y medio. A pesar de que su rostro reflejaba trasnocho y muchas lágrimas derramadas, se veía atractiva. Confirmó que le fascinaban las mujeres en vestido y más cuando tenían piernas y caderas para lucir. Se quedó mirándola por un rato hasta que ella lo desubrió. Disimuló estar rezando al mismo ritmo pausado de las señoras y se cambió de lugar para no ser tan obvio. Ella parada cerca del ataúd lloraba de vez en cuando. Él notó que a veces lo buscaba con la mirada. Al terminar el rosario, la gente de nuevo se dispersó y muchos fueron a la cafetería por una aromática o un café. Ella además quería tomar un poco de aire. La siguió sin ser notado. Ya en la cafetería esperó el momento y justo en la fila para pedir las bebidas, decidió hablarle.
-Tan querido y acompañado como siempre.
-Perdón- dijo ella.
-Sí, don Claudio, decía que hasta en su ausencia se siente lo cercano que era
-Y de dónde conoció a mi abuelo?
-Por los negocios que tenía, él siempre hizo negocios con mi familia
-Sí claro, tantos negocios. Nos va a hacer mucha falta
-Me imagino, la pérdida de un ser querido es algo muy difícil
Se sentaron juntos a tomarse una aromática y luego salieron a tomar un poco de aire fresco a un jardín en la parte de atrás de la funeraria. Hablaron de todo y de nada en especial. Ella se quedaba callada por ratos y lloraba.
-Ya se acerca la hora de la misa, ahora se se nos va a ir del todo.
-Ojalá sea una ceremonia digna de tu abuelo.
Subieron a la sala y allí se separaron. Él aún no confirmaba su teoría, pero al menos ya había conocido a una mujer muy atractiva. Cuando empezaron a salir para la iglesia, ella se le acercó y le pidió que la acompañara. Se fueron juntos en el bus de la funeraria. Durante la misa ella lo tomó de la mano y varias veces lloró sobre su hombro. Más que empatía por su dolor, él estaba sintiendo otros efectos por la cercanía de su cuerpo. La iglesia quedaba en el mismo cementerio. Habían decidido cremarlo, entonces al finalizar la misa quienes quisieran podían esperar que lo llevaran a los crematorios. Ella estaba agotada. Le dijo que prefería irse a casa. Se despidieron y cruzaron teléfonos. Se abrazaron por áquello del sentido pésame y ella se aferró a él llorando mientras le decía que no quería estar sola. Él en un gesto de ternura le enjugó las lágrimas y le dijo que la acompañaría hasta su casa. Tomaron un taxi y en los 20 minutos de viaje no hubo palabras, ella se recostó sobre él buscando refugio y descanso. Entraron y de nuevo vino un abrazo y mucho llanto. Entre palabras de consuelo y enjugamiento de lágrimas se besaron y terminaron teniendo sexo tendidos en la alfombra de la sala, ella semidesnuda con la falda aún puesta y él casi que en su traje bien puesto. Antes de que amaneciera él la dejó dormida y se fue sin hacer mucho ruido.
La frase era cierta, había tenido una experiencia sexual maravillosa. Ella estaba llena de una energía extraña que le convirtió en una poderosas bomba erótica.
Apagó su celular y se dedicó a dormir hasta llegada la tarde. Se duchó, salió a comer algo y empezó a planear su siguiente fin de semana.
Llevaba ya dos meses confirmando una y otra vez el poder afrodisíaco que tenían el dolor y la tristeza después de la muerte de un ser querido. Tener sexo era como un acto que reafirmaba que se estaba vivo, que se podía desafiar a la muerte con un orgasmo. Nunca antes había tenido tanto éxito acostándose con tantas mujeres y mucho menos había sentido tanto placer. Lo mejor es que por alguna extraña razón, después de los encuentros no había ni mensajes de texto, ni llamadas insistentes ni más citas. Era la forma ideal de cool sex.
Ése sábado, mientras miraba los obituarios no encontró ninguno que le llamara la atención. Todos era muy simples sin muchos detalles. Pensó que tal vez no le vendría mal un fin de semana de descanso. Estaba cerrando el periódico, cuando leyó un pequeño obituario que le llamó la atención. Era su primera difunta. El obituario era poco común pues lo firmaban sus compañeras de trabajo. No familiares. Dejó el periódico sobre la mesa y se fue a vestirse de luto.
La casa funeraria quedaba en un modesto barrio de la ciudad un poco lejano de su apartamento. No era como las anteriores a las que había ido cada fin de semana, pero tenía los mismos aromas a flores fúnebres, lágrimas y trasnocho. Era muy sencilla, tenía sólo tres salas y no había cafetería. Al llegar de inmediato supo en que sala estaba su pretexto. No había mucha gente, casi nadie había firmado el libro de visitas y cerca del féretro sólo estaba una anciana llorando copiosamente. Como ya era su rutina esperó unos minutos tanteando el terreno pero no encontró nada que llamara su atención. De pronto alguien rompió el silencio para anunciar que iban a rezar. No fue un rosario, como se acostumbraba, únicamente dos o tres jaculatorias y ya. Sinitó que esta vez estaba en el lugar equivocado. Aunque había muchas mujeres, ninguna era lo suficientemente atractiva para él y tampoco estaba lo suficientemente triste como para que su estrategia funcionara. Definitivamente estaba en el lugar equivocado. Decidió irse y mejor buscar algo diferente que hacer. Al salir de la funeraria, justo el frente, había una panadería de barrio en donde los dolientes pasaban a comprar bebidas y comidas. Le llamó la atención una mujer sola sentada en una mesa al fondo del local. Pasó la calle y entró en el sitio. Pidió una aromática y se fue acercando a su presa. Sacó un cigarrillo y le preguntó si tenía un encendedor o fósforo. Ella lo miró con desgano y le dijo que pidiera uno en el mostrador. Se quedó en silencio mirándola. No parecía haber llorado, estaba vestida de medio luto (falda negra y camisa biege), no estaba tomando nada y lo más llamativo de su rostro eran sus preciosos ojos cafés y sus jugosos labios. No se movió por el encendedor y acto seguido dijo:
-Que pena, sólo buscaba una excusa para conocerla, mucho gusto.
Ella sonrió y le dijo:
-Pero habiendo tantas excusas utilizó la más ridícula. Yo no fumo.
Él se sentó . Esa respuesta fue un reto y a él le gustaban los retos. Esta era su conquista.
El hielo ya se había roto y la conversación comenzó a fluir. Intercambiaron nombres y se ubicaron en ese espacio y tiempo. Ella apenas si conocía a la difunta, había ido porque nada peor que un muerto sin dolientes. Él le contó que también la conocía poco y que estaba apunto de irse pues se sentía incómodo.
- Lo mismo me pasó a mi- dijo ella.
Él cambió la aromática por una cerveza y ella siguió sin tomar nada. Se quedaron hablando mientras salían con el ataúd para la iglesia. Era como si se conocieran de antes. Había una gran empatía, una fuerte atracción. Les dió la noche y decidieron irse. Él sin dudarlo y rompiendo sus propias reglas la invitó a su apartamento. No esgrimió ninguna excusa sólo le dijo que quería seguir gozando de su compañía. Ella sonrió y tomándole la mano le dijo que sí. Tomaron un taxi y en el camino se insinuaron los primeros coqueteos. Ella lo hizo avergonzar porque lo descubrió mirándole las piernas y el escote. Ambos se rieron. Subieron las escaleras hasta el cuarto piso. Antes de abrir la puerta ella lo miró y le dijo:
-Los dos sabemos por qué estamos acá cierto?
Él la besó y abrió la puerta.
Entraron sin encender las luces y se fueron desvistiendo camino a la alcoba. Desnuda se veía aún mejor. La primera vez lo hicieron en la cama, la segunda en la cocina cuando él fue por algo de tomar. Él sintió que había hecho el amor.
Mientras estaban tendidos desnudos en la cama, él se volteó para abrazarla y la sintió fría.
-Quieres una cobija- preguntó
Ella no respondió nada y le tomó la mano. Se sentó sobre él, lo besó con sus labios ahora morados, esperó que su miembro se irguiera y lo tomó con sus manos frías, lo introdujo en su vagina y apretó los labios. Cerró los ojos y se empezó a mecer suave y rítmicamente. Él la miraba y la vio pálida. La tomó por las anchas caderas y la sintió aún más fría. Ella empezó a gemir. De pronto se detuvo y abrió los ojos.
-Es verdad que el dolor y la tristeza son los mejores afrodisíacos
Él se quedó perplejo. Se sentó en la cama y se la quitó de encima.
-Qué dijiste?
Ella se acostó, juntó sus piernas y pies y puso las manos entrelazadas en el pecho. Lo miró con ternura y le respondió:
-Lo que oíste, incluso hasta en la muerte
Y se desvaneció mientras cerraba los ojos y él tiritaba de frío.
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