Aunque el penetrante frío capitalino parecía congelar hasta el tuétano, aquella tarde, en casa de mi buen amigo Jaramillo, el corazón se calentaba al son de recuerdos y de historias. Mientras Jara, como le decíamos de cariño, y yo dejábamos que el tiempo pasara inadvertido quitándonos instantes futuros de alegría o de tristeza, su abuela, allá adentro en su amado laboratorio, pues quien niega que la cocina no es un magnífico laboratorio donde se preparan deliciosos productos que alegran el estómago y el alma, preparaba un típico algo paisa, uno de esos que hace mucho no comía, tal vez desde el día de mi destierro, cuando me vine para esta gran ciudad atestada de gente, plagada de trancones, sumida en el crecimiento desproporcionado, pero siempre amable y hospitalaria recibiendo hombres y mujeres de todas las latitudes de esta Colombia que se desangra entre la intolerancia, la avaricia y el egoísmo.
Al tiempo que las ollas que se sentaban ansiosas en las
hornillas del fogón, para gestar en sus vientres los deliciosos
manjares que sabía preparar la abuela, la masa de maíz, aquella
materia prima con que se creó el cuarto hombre según el libro
sagrado de los mayas-quiché, aquel resultado del sacrifico del maíz
que se cocina y se muele para alimentar y nutrir al hombre, se
mostraba dócil entre las manos tiernas y golpeadas por el tiempo de
la abuela que la estrujaba con cariño, con ese cariño mágico que
hace de esas mezclas culinarias un apetecido y extrañado manjar
cuando se vive lejos de la cuna materna. Poco a poco la masa tomaba
la forma que la abuela le imprimía, para luego ser dorada al calor
eléctrico de una hornilla.
El aroma de maíz cociéndose esperando convertirse en
una arepa paisa, fue penetrando los pequeños rincones del
apartamento, que como buena habitación moderna distribuía muy bien
los espacios en un reducido espacio. El aroma, para mi no podía ser
indiferente, se me colaba por las narices y me penetraba hasta el
vientre. Cerré mis ojos y le dije a Jara:
- Qué delicioso olor éste, no sabes cuanto me encanta.
Jara, comprendiendo que en mi estaba ocurriendo algo
maravilloso me miró con una sonrisa en sus labios y me dijo:
- ¡Vos si que no dejas de ser paisa no!. Para mi ese
olor aunque delicioso, no supone nada tan sublime como para ti.
Tenía que explicarle, tenía que contarle lo que en mi
producía aquel aroma.
“En esa mañana, una de tantas desperdiciadas en
vacaciones, me levanté más temprano que de costumbre pues el sol
penetró cual intruso por las pequeñas rendijas de la persiana y
vino a posarse sobre mi rostro para acariciarme suave y cálidamente
en señal de buenos días. Luego de su caricia, me estiré en la
cama, como queriendo desvestirme del traje fantástico que regala el
sueño; me levanté, me persiné y decidí darle los buenos días al
sol, abrí la persiana y deje que el astro diurno entrara iluminando
mi cuarto. Quise quedarme allí sintiendo la alegría que la luz del
sol le imprime a las cosas, pero al aroma de arepa se fue mezclando
con el aroma de montaña recién amanecida, de cafetales húmedos por
el rocío, de platanales, que abriendo sus anchas hojas desean
calentarse, y llegó a mi tentador, invitándome a tenerlo. Salí
del cuarto y caminé sin prisa por aquel corredor descubierto y
adornado con barandas de guadua, hasta la cocina. El silencio de
esa mañana montañera, permitía escuchar el dolor de la guadua que
caía a machete, el saludo amable de las mulas al sol, el piar
hambriento de los polluelos y los ronquidos graves de los marranos.
Antes de llegar a la cocina, decidí detenerme para ver como Israel,
el agregado de la finca ensillaba su caballo y le daba órdenes a los
recolectores de café para que la jornada fuera provechosa.
- Oigamen pues bien, hoy nos vamos a ir cafetal adentro
pues allá si que están maduritos los frutos, como el camino es
largo, a comer bien trancao pues la llegada aquí será por la noche.
Hágale pues rapidito, comasen su arepita, su agua café y echénse la
herramienta al hombro que se hizo tarde.
Los recolectores, gente humilde y alegre, llena de
deseos de trabajar, de robarle los frutos al cafeto para cambiarlos
por dinero y así tener con que tomarse sus aguardientes y darle
alimento a los suyos, se fueron apiñando alrededor de la cocina para
recibir su arepa y su agua café.
En mis tobillos desnudos, sentí la lengua húmeda de
Bruno, el fiel compañero de mi abuelo, un perro viejo y cariñoso,
testigo de la verraquera con que se levantó esta finca, como dice mi
abuelo cuando nos quiere hacer saber lo importante que es para él.
Lo acaricié y le di unas palmaditas en el lomo, luego seguí mi
camino hacia la cocina, entrando por la parte que da a la casa,
mientras que la que da al patio estaba aún llenando las bocas de los
recolectores.
- Buenos días- saludé con voz aún somnolienta. –
Quihubo mijo-, contestó la abuela, que estaba atareada repartiendo
comida en compañía de Luz Dary, la esposa del agregado.
- !Y eso! ¿Por qué te levantaste tan temprano, vos que
dormís como una marmota?-
- No sé abuela, días en los que a uno le da pereza la
cama; además con este olor a arepita bien caliente quien no se
levanta.
- Ya decía yo que ese madrugón tuyo no era gratis, te
despertó la tripa. Vos definitivamente sos igual a tu abuelo y tu
papá, mientras tengan la barriga llena no les importa nada.
- No creas, yo no soy de los que madruga a comer, hoy
porque...
- Bueno callate más bien y esperate que ya te hago el
desayuno. ¿qué querés? Calentao con huevo.
- Pues sabes que la idea está buena, pero antes
regalame una arepita con mantequilla.
- Ves y luego me negás que sos nieto e hijo de tu
abuelo y tu papá.
Esperé con paciencia la arepa, mientras los
recolectores terminaban su desayuno y se iban a trabajar, por fin la
cocina quedó sola y Luz Dary se fue. Estábamos solos la abuela y yo.
- Vení contame pues, por qué decís que me parezco
tanto a mi abuelo y a mi papá.
- Pues muy sencillo- dijo mientras ponía a calentar los
frijoles y el arroz del calentao. - Ve, a tu papá
te pareces en lo
físico, sos igualito y a tu abuelo en lo arepero.
-¿Cómo así?
- Pues sí, sos igual de aferrrao a la arepa que tu
abuelo, ese hombre no puede vivir sin comer arepa, yo creo que le
hace más falta eso que yo.
- ¡Eh vos si exagerás no!
- No creas mijo, yo sé porque te lo digo. Ve es que te
voy a contar pa que me creas. Recién llegaos de Medellín a estas
tierras que antes se llamaban el Gran Caldas y que yo no sé ahora
porque les dio por separar y hasta discriminar, pues dizque paisas
son sólo los de Antioquia sabiendo que antes paisas éramos todos
incluso los que ahora son del Eje Cafetero, que antes en mi tiempo
era una zona de arriería inmensa y más paisas que los arrieros no
hay. Bueno, pero volviendo al caso, te decía que recién llegados a
estas tierras, tu abuelo y yo estábamos recién casados y nos
vinimos buscando a un tío de tu abuelo que le había prometido una
finquita y trabajo. Resulta que la finquita era puro cuento, pues lo
que el tío quería era que tu abuelo se volviera agregao de la finca
de él, cosa que a tu abuelo no le gustó, pero que aceptó pues no
nos podíamos devolver pa Medellín con el rabo entre las patas. Nos
quedamos de agregaos por un tiempo, mientras tu abuelo consiguió con
que comprarle un pedacito de tierra a un vecino, lo que hoy es esta
finca, bueno agregándole la del tío de tu abuelo que luego nos dejó
como herencia, pues tu abuelo después de dejar el trabajo de agregao
y venirnos pa acá, que era un peladero en ese tiempo, no abandonó a
su tío y hasta lo asistió en la muerte.
Esperate yo revuelvo bien este calentao y le bajo al
chocolate.
Cuando decidimos dejar la finca del tío de tu abuelo y
venirnos a nuestra propiedad, nos tocó sufrir mucho, esto era un
lote baldío, no había nada, nos tocó dormir varios meses en un
cambuche y comer de lo que nos regalaban los recolectores de la finca
de Don José el que nos vendió la tierra, perfectamente podíamos
vivir de la caridad del tío de tu abuelo, pero ya sabes lo orgulloso
que es tu abuelo y cuando decidió irse de esa finca me dijo: - A
partir de hoy no vamos a molestar a mi tío, no quiero que digan que
le dejé tirado el trabajo pa vivir de su limosna.- Luego de vivir
como desplazados casi tres meses, tu abuelo empezó a tener éxito en
los negocios, como él decía. Lo que hacía tu abuelo pa poder
sobrevivir y empezar a construir nuestra casa, era recoger
herramientas viejas y que votaban dizque porque no servían, las
arreglaba y luego se iba a venderlas en el pueblo como nuevas. Cuando
ese negocio empezó a producir, entonces me dijo:
- Ve mija, tenemos dos opciones, comprar material
suficiente pa construir la casa de una vez, o comprar sólo lo
necesario pa una chozita y pa unas cuantas matas de café y maíz, y
unos pollitos pa tener que comer.- Decidimos pues, que lo mejor era
comprar pa una chozita y pa alimentarnos; así se hizo y empezamos a
pelechar.
Dejó de hablar un momento y revolvió dos huevos en un
plato de sopa y los hecho en la sartén del calentao. Luego siguió.
- Al cabo de unos seis meses ya teníamos una parcelita
con pollitos, café y maíz. Nos sosteníamos de los “negocios”
de tu abuelo, y yo me la pasaba cuidando la tierrita mientras él
trabajaba. A veces salía pal pueblo muy temprano y llegaba tarde. En
ese tiempo se desayunaba con una arepa y aguacafé hasta la noche que
le tenía algo más pesadito, vos sabes frijolitos con una presita de
pollo y mazamorra o algo así. Pa ese hombre la arepa se empezaba a
volver necesaria pues con eso pasaba todo el día, no compraba nada
en el pueblo pa ahorrar y construir rápido la casa.
Un día llegó tu abuelo y yo estaba tirada en la cama y
no había hecho la comida, había estado mariada todo el día y
vomitando. Cuando me vio así se asustó y me dijo: - Ahora no te
vayas a morir pues-, pero yo le contesté : - Pues si ser mamá es pa
una morirse entonces me muero.-
Tu abuelo guardo silencio, puso a calentar café y me
dijo : - aunque sea una arepa si me podés hacer pa no acostarme con
el buche vacío-. La situación se ponía dura pues dos bocas como
vivíamos aguantaban, pero tres quien sabe. Tu abuelo entonces
decidió dejar los “negocios” pues de todos modos le iba regular
y viendo que no tenía trabajo, en vez de ir donde el tío, prefirió
humillarse ante Don José y le pidió trabajo. Don José era un tipo
duro de esos duros que aparenta no tener sentimientos. Habló un rato
con tu abuelo al son de unos aguardientes y le dijo:
- Pues hombre, vos me caes muy bien y me pareces un
verraco por querer salir adelante solito, sabes qué, vení mañana y
te defino algo.
Tu abuelo llegó al otro día muy contento pues Don José
le había dado el puesto de administrador del secadero de café, algo
en ese tiempo muy bueno. Así empezamos a tener más entraditas y tu
abuelo contrató unos obreros pa empezar a ampliar la casa, lo que
ahora es la parte de atrás donde está nuestro cuarto y el de tu tío
Jaime Alonso. Pasaron los meses y me llegó la hora del parto, no dio
tiempo de ir al pueblo y me tocó a mi solita con la ayuda de Doña
Dioselina, la esposa de unos de los recolectores, la mamá de Joaquín
el que ahora está de agregao en la otra finca. El parto fue sin
problemas, pero a la criaturita le entró un frío y se me murió a
los siete días.
En ese momento la abuela hizo una pausa y pasó ese
amargo trago con un poquito de agua de apio, que es muy buena pa la
piel; Bruno llegó y se echó a mi lado.
- Ya está listo el desayuno, si querés comé que yo te
sigo contando.- Y me pasó un plato lleno de calentao con huevos
revueltos, una tazada de chocolate y una arepa bien grande como me
gusta.
- Oiste pues, resulta que fue tanto el dolor por la
pérdida del niño, que me tocó irme pa Medellín unos días a la
casa de mi mamá. Luego de hablarlo con tu abuelo, él me dio el
permiso, porque en ese tiempo mijo una le pedía permiso al marido,
no como ahora que las muchachitas hacen lo que quieren. Durante mi
estadía en Medellín, tu abuelo estuvo comiendo donde Don José que
más que un patrón se volvió todo un amigo. Cuando regresé, tu
abuelo me hizo sentir que me quería mucho y lo primero que dijo
después de estar en la casa ya terminada fue: - Mija, vos por acá
haces mucha falta, sobre todo tus arepitas que bastante falta me
hicieron-, luego sonrió y me dio un abrazo.
Pasó más o menos un año pa que volviera a quedar en
embarazo, pero la situación era distinta, la casa ya estaba
terminada y tu abuelo se había ganado la confianza y el afecto de
Don José que fue el padrino de tu tío Jaime Alonso. Una noche, de
esas calurosas que hacen por aquí, el agregao de la finca del tío
de tu abuelo, vino a llamar a tu abuelo pues al parecer el tío ya
estaba en las últimas. Tu abuelo dejó la comida servida, llevándose
media arepa en la mano y salió rapidito pa la finca.
Llegó como a las tres de la mañana medio borracho y
llorando, se acostó sin decir nada y todavía vestido. Al día
siguiente fue el funeral, tu abuelo no quiso desayunar bien,
mordisquió una arepa y dejó media taza de chocolate. Todos bajamos
al pueblo al entierro y luego tu abuelo se fue a hablar con Don José
del asunto de la herencia.
-Gracias abuela, te quedó delicioso este calentao, ¿no
tenés otra arepita por ahí que me regalés?
-Si mijo, pa vos siempre habrá otra arepita, es que sos
igual a tu abuelo.
Me dio la arepa y se sentó a mi lado.
- Recibida la herencia, tu abuelo dejó de trabajar con
el compadre José y se volvieron socios, ambos empezaron a vivir del
café. En esta casita seguimos viviendo, pues a tu abuelo le
incomodaba vivir en la heredada. Allá, como ahora, dejó los
dormideros de los recolectores y el secadero de café, se trajo todo
lo de la casa como recuerdo.
Como la situación económica era mejor, volvimos por un
tiempo a Medellín, pues ahora si se podía mostrar el triunfo luego
de muchas penas; vivimos en Medellín tres años y en ese tiempo tuve
a tus dos tías, María del Carmen y Consuelo. Recién nacida
Consuelo, nos volvimos pa la finca.
Ese tiempo fue duro. Nos tocó la época de la
violencia. A tu abuelo lo estuvieron buscando pa matarlo dizque por
Liberal, cuando ese nunca ha sido de ningún partido, le tocó irse
un tiempo pa Ríosucio y a mi con tus tíos pa Medellín a vivir con
mi mamá. Eso duró como un año. Tu abuelo me mandaba plata y cartas
con un vecino que tenía finca en Ríosucio y subía mucho a
Medellín, le tocó muy duro; en una de las cartas me acuerdo que me
decía:
“Lo único que me sostiene todavía es saber que
vos y los niños están bien. Ya verás que pronto todo esto se acaba
y nos volvemos pa la finquita a cultivar café y a que me hagas tus
arepitas que tanto extraño.”
Él allá estaba muy solo, yo creo que hasta otra vieja
tendría pero como yo no me di cuenta es como si no hubiera pasado.
La finquita estuvo abandonada ese tiempo y parte del secadero de café
lo quemaron los bandoleros. Cuando volvimos tocó empezar de nuevo,
pero apunta de trabajo y verraquera de tu abuelo se volvió a
levantar todo y desde eso está como lo conoces, claro, con algunas
reformas tecnológicas como todo ahora no.
Vinieron más hijos, o sea, tus tíos Luis Eduardo, Juan
José; tus tías Ruth y Sara y tu papá. A medida que crecían los
mandábamos a la Escuela del pueblo. Tu tío Jaime Alonso ya estaba
más grandecito y decidió irse a estudiar a Medellín; tus tías
Ruth y Sara se dedicaron a la modistería y a conseguir marido. Los
demás cuando fueron terminando el bachillerato se fueron a estudiar
a Pereira y Manizales. Tu papá que fue el último nos convenció de
irnos pa la ciudad y desde eso vivimos en Pereira ahí en la casa de
la sexta que vos conocés.
Fueron tiempos duros mijo, pero Dios es grande y miranos
aquí dando lata todavía. Yo creo que por eso la arepa en la vida de
tu abuelo es tan importante, imaginate lo ha acompañado durante
tantas luchas.
Guardó silencio, se paró recogió los platos y me
dijo:
- Bueno mijo, basta de historias que nos cogió la noche
y me toca ir a mercar pues acordate que viene toda la familia pal
cumpleaños de Jaime, tu abuelo.
Salí de la cocina un poco elevado, nunca creí que
aquel hombre viejo, serio y callado que era mi abuelo, había vivido
cosas tan bellas. Fui hasta el establo, salude a Matilda mi vaca
preferida, y busqué al abuelo.
- Buenos días mijo, ¿cómo amaneció?
- Bien abuelo y vos.
- Ahí mijo en la lucha
Lo miré con ternura, lo abracé y le dije: - ¡Feliz
Cumpleaños Abuelo! Te invito a celebrarlo por adelantado, antes de
que lleguen los demás, con una buena arepa y chocolate.-“
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