martes, 15 de octubre de 2019

CARNE A LA JARDINERA


Sólo hasta que lo comprobé con mis propios sentidos, pude creer que el mito de Esperanza Ternera no era un mito. Tal cual como lo afirma la señora Ternera – su historia es la prueba clara que a Dios le encanta la ironía.- Tal vez resulte una dura aseveración para cualquier creyente fervoroso, pero es una cruda realidad cuando uno entra en el patio de los Ternera.

Según la tradición oral de Toro, el pueblo natal de Esperanza, la existencia de la octava maravilla del mundo en el patio de aquella casa, además de ser un milagro, es fruto de las paradojas de la vida.

Siendo muy niña, Esperanza, la última de 7 hermanos, comenzó a desarrollar su fastidio por la carne. En su casa, nunca faltaba un buen trozo de carne que se preparaba de una y mil formas para no cansar a los comensales.
- Gracias a Dios su papá tiene suficientes reses, pollos y marranos en la finca- decía siempre la señora Ternera mientras se ponían las ollas y sártenes a que calentaran sus vientres para engendrar deliciosos platillos típicos.

Al tiempo que los olores de comida recorrían cada rincón de la casona invitando el estómago de algunos a prepararse para el banquete; los olores a carne cocinada, frita o asada producían en Esperanza toda clase de mareos, náuseas y desazón.

La menor de los Ternera se las ingeniaba siempre para engañar a su familia haciéndoles creer que disfrutaba tanto de la carne como ellos. El sólo hecho de pensar en decirles las verdad sobre su repudio por la carne, en cualquiera de sus clases y presentaciones, la hacía sentir excluida de su familia. En complicidad con Rosalba, una de las señoras de la cocina, Esperanza a escondidas comía toda clase de vegetales y cereales que le permitían sobrevivir las bacanales familiares de carne.

Un tarde, de esas tediosas que se vivían en la casona, mientras Esperanza leía en el jardín la señora Ternera tomaba el algo con algunas de las señoras distinguidas del pueblo la farsa se vino al piso. Uno de los hijos menores de la señora Cordero encontró pedazos de carne secos debajo de uno los muebles de sala mientras jugaba con unos soldaditos de plomo.

La sorpresa de la señora Ternera en un principio fue por la falta de limpieza de las encargadas de la casa, pero luego su desconcierto la llevó a pensar en cómo habían llegado esos trozos de carne allá. Aunque tenían perros, les estaba prohibida la entrada a la casa y los alimentaban con una sopa de sobrados mezclada con cuido.

Después de haberse ido la visita, la señora Ternera enfiló a la servidumbre para buscar una responsable de tan bochornoso acto. Aunque el tono inicial fue amable, a la hora de llamar la atención, cambió drásticamente ante el silencio pálido de sus interlocutoras. Era inaceptable que no resultara una responsable de esa cochinada. Cómo podía haber carne seca debajo de los muebles?

La inmersión en la lectura se vió interrumpida por los gritos de su madre. Esperanza entonces salió corriendo a la cocina para enterarse de lo que pasaba. El silencio reinaba ahora en la cocina esperando que la responsable de esconder carne debajo de los muebles hablara. - Fui yo- Dijo sin titubear Esperanza. Su madre volteó pávida ante la revelación y seguidamente la tomó con fuerza del brazo y la llevó a rastras hasta su habitación dejándola castigada hasta que su padre estuviera de regreso.

Esa noche inusualmente se desató un vendaval. El padre de Esperanza llegó tarde a cenar. Una vez todos reunidos en la mesa, la señora Ternera fue a buscar a Esperanza para que comiera. Al llegar a la habitación no lo encontró.
Salió corriendo a dar la noticia a los demás que aún esperaban para servirse.

Todos se pararon sin dilación y empezaron a buscarla por toda la casa. Esperanza, Esperanza se oían las voces de los Ternera llamando a la menor de la familia pero no había respuesta. De pronto Rosalba grita desaforada desde la cocina. Todos corren. - Es la niña Esperanza, está afuera en el patio-

Parada en la mitad del patio se podía ver a Esperanza emparamada. Aún tenía el vestido blanco con girasoles que usaba en la tarde. Estaba descalza. Sus pies se enterraban en el lodo. En sus manos tenían pedazos de carne cruda que había sacado de la despensa. Llovía a cántaros. Todos salieron.

- Detesto la carne, perdón por no ser una Ternera- gritó dirigiéndose a su familia. Seguidamente se llevó un trozo de carne a la boca. La lluvia arreció, el cielo parecía haberse desfondado. El patio se estaba inundando, cosa que nunca pasaba, y los pies de Esperanza se enraizaban más en el lodo.

- Qué estás haciendo hija?- Respondió su papá. Vamos ya para adentro, lo de la carne lo resolvemos en la mesa.

Esperanza le dió otro mordisco a la carne mientras por su rostro corrían las gota de lluvia mezcladas con sangre. El lodo la cubría hasta las rodillas. Trató de moverse pero no pudo. La lluvia arremetió con mayor fuerza. Soltó la carne y gritó por ayuda mientras la tierra se la tragaba en medio del diluvio.

La tragedia enlutó a los Ternera. Inexplicablemente Esperanza había desaparecido esa noche. La buscaron al día siguiente por todo el patio. Abrieron rotos en cada rincón pero no había rastro de ella.

La mañana del Miércoles, día del aniversario de la desaparición de Esperanza, amaneció lloviendo. Llovió tan fuerte como la noche de su desaparición. El patio volvió a inundarse. A eso de las seis de la tarde se reunieron todos para rezar un rosario y tan pronto como empezaron cesó la lluvia. Ya iban por el tercer misterio cuando algo afuera, en el patio, llamó la atención de la señora Ternera. Justo en la mitad del patio se abrió un gigantesco hoyo por el que se empezó a drenar el agua represada. La señora Ternera paró de rezar y salió como hipnotizada mirando el fenómeno, detrás de ella salieron los demás.

Una vez toda al agua se fue, se sintió un pequeño temblor y de pronto germinó del gigantesco hoyo un árbol blanco con girasoles en su tronco, con extensas y frondosas ramas y con unos extraños frutos. La germinación terminó cuando la base del tronco relleno el gigantesco hoyo y el temblor se detuvo.

El papá de Esperanza avanzó hacia el árbol mientras hacía una señal de espera a los demás. Se paró frente al imponente árbol. Tocó su tronco. Alcanzó uno de los frutos mientras reía y lloraba al mismo tiempo. Le hizo una señal a la señora Ternera para que se acercara. Ella recibió de sus manos un pedazo de carne. Lo miró. Miró el árbol y exclamó: Esperanza. 


























1 comentario:

  1. Me entretiene y me hace muy feliz leerlo pero me hace más feliz verlo regodearse de lo que lo hace dichoso

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