Sólo hasta que lo comprobé con mis propios
sentidos, pude creer que el mito de Esperanza Ternera no era un mito.
Tal cual como lo afirma la señora Ternera – su historia es la
prueba clara que a Dios le encanta la ironía.- Tal vez resulte una
dura aseveración para cualquier creyente fervoroso, pero es una
cruda realidad cuando uno entra en el patio de los Ternera.
Según
la tradición oral de Toro, el pueblo natal de Esperanza, la
existencia de la octava maravilla del mundo en el patio de aquella
casa, además de ser un milagro, es fruto de las paradojas de la
vida.
Siendo
muy niña, Esperanza, la última de 7 hermanos, comenzó a
desarrollar su fastidio por la carne. En su casa, nunca faltaba un
buen trozo de carne que se preparaba de una y mil formas para no
cansar a los comensales.
-
Gracias a Dios su papá tiene suficientes reses, pollos y marranos en
la finca- decía siempre la señora Ternera mientras se ponían las
ollas y sártenes a que calentaran sus vientres para engendrar
deliciosos platillos típicos.
Al
tiempo que los olores de comida recorrían cada rincón de la casona
invitando el estómago de algunos a prepararse para el banquete; los
olores a carne cocinada, frita o asada producían en Esperanza toda
clase de mareos, náuseas y desazón.
La
menor de los Ternera se las ingeniaba siempre para engañar a su
familia haciéndoles creer que disfrutaba tanto de la carne como
ellos. El sólo hecho de pensar en decirles las verdad sobre su
repudio por la carne, en cualquiera de sus clases y presentaciones,
la hacía sentir excluida de su familia. En complicidad con Rosalba,
una de las señoras de la cocina, Esperanza a escondidas comía toda
clase de vegetales y cereales que le permitían sobrevivir las
bacanales familiares de carne.
Un
tarde, de esas tediosas que se vivían en la casona, mientras
Esperanza leía en el jardín la señora Ternera tomaba el algo con
algunas de las señoras distinguidas del pueblo la farsa se vino al
piso. Uno de los hijos menores de la señora Cordero encontró
pedazos de carne secos debajo de uno los muebles de sala mientras
jugaba con unos soldaditos de plomo.
La
sorpresa de la señora Ternera en un principio fue por la falta de
limpieza de las encargadas de la casa, pero luego su desconcierto la
llevó a pensar en cómo habían llegado esos trozos de carne allá.
Aunque tenían perros, les estaba prohibida la entrada a la casa y
los alimentaban con una sopa de sobrados mezclada con cuido.
Después
de haberse ido la visita, la señora Ternera enfiló a la servidumbre para buscar una responsable de tan bochornoso acto.
Aunque el tono inicial fue amable, a la hora de llamar la atención,
cambió drásticamente ante el silencio pálido de sus
interlocutoras. Era inaceptable que no resultara una responsable de
esa cochinada. Cómo podía haber carne seca debajo de los muebles?
La
inmersión en la lectura se vió interrumpida por los gritos de su
madre. Esperanza entonces salió corriendo a la cocina para enterarse
de lo que pasaba. El silencio reinaba ahora en la cocina esperando
que la responsable de esconder carne debajo de los muebles hablara. -
Fui yo- Dijo sin titubear Esperanza. Su madre volteó pávida ante la
revelación y seguidamente la tomó con fuerza del brazo y la llevó
a rastras hasta su habitación dejándola castigada hasta que su
padre estuviera de regreso.
Esa
noche inusualmente se desató un vendaval. El padre de Esperanza
llegó tarde a cenar. Una vez todos reunidos en la mesa, la señora
Ternera fue a buscar a Esperanza para que comiera. Al llegar a la
habitación no lo encontró.
Salió
corriendo a dar la noticia a los demás que aún esperaban para
servirse.
Todos
se pararon sin dilación y empezaron a buscarla por toda la casa.
Esperanza, Esperanza se oían las voces de los Ternera llamando a la
menor de la familia pero no había respuesta. De pronto Rosalba grita
desaforada desde la cocina. Todos corren. - Es la niña Esperanza,
está afuera en el patio-
Parada
en la mitad del patio se podía ver a Esperanza emparamada. Aún
tenía el vestido blanco con girasoles que usaba en la tarde. Estaba
descalza. Sus pies se enterraban en el lodo. En sus manos tenían
pedazos de carne cruda que había sacado de la despensa. Llovía a
cántaros. Todos salieron.
-
Detesto la carne, perdón por no ser una Ternera- gritó dirigiéndose
a su familia. Seguidamente se llevó un trozo de carne a la boca. La
lluvia arreció, el cielo parecía haberse desfondado. El patio se
estaba inundando, cosa que nunca pasaba, y los pies de Esperanza se
enraizaban más en el lodo.
- Qué
estás haciendo hija?- Respondió su papá. Vamos ya para adentro, lo
de la carne lo resolvemos en la mesa.
Esperanza
le dió otro mordisco a la carne mientras por su rostro corrían las
gota de lluvia mezcladas con sangre. El lodo la cubría hasta las
rodillas. Trató de moverse pero no pudo. La lluvia arremetió con
mayor fuerza. Soltó la carne y gritó por ayuda mientras la tierra
se la tragaba en medio del diluvio.
La
tragedia enlutó a los Ternera. Inexplicablemente Esperanza había
desaparecido esa noche. La buscaron al día siguiente por todo el
patio. Abrieron rotos en cada rincón pero no había rastro de ella.
La
mañana del Miércoles, día del aniversario de la desaparición de
Esperanza, amaneció lloviendo. Llovió tan fuerte como la noche de
su desaparición. El patio volvió a inundarse. A eso de las seis de
la tarde se reunieron todos para rezar un rosario y tan pronto como
empezaron cesó la lluvia. Ya iban por el tercer misterio cuando algo
afuera, en el patio, llamó la atención de la señora Ternera. Justo
en la mitad del patio se abrió un gigantesco hoyo por el que se
empezó a drenar el agua represada. La señora Ternera paró de rezar
y salió como hipnotizada mirando el fenómeno, detrás de ella
salieron los demás.
Una
vez toda al agua se fue, se sintió un pequeño temblor y de pronto
germinó del gigantesco hoyo un árbol blanco con girasoles en su
tronco, con extensas y frondosas ramas y con unos extraños frutos.
La germinación terminó cuando la base del tronco relleno el gigantesco hoyo y el temblor se detuvo.
El
papá de Esperanza avanzó hacia el árbol mientras hacía una señal
de espera a los demás. Se paró frente al imponente árbol. Tocó su
tronco. Alcanzó uno de los frutos mientras reía y lloraba al mismo
tiempo. Le hizo una señal a la señora Ternera para que se acercara.
Ella recibió de sus manos un pedazo de carne. Lo miró. Miró el
árbol y exclamó: Esperanza.
Me entretiene y me hace muy feliz leerlo pero me hace más feliz verlo regodearse de lo que lo hace dichoso
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