Se despertó sintiendo un intenso frío que le penetraba hasta el tuétano, cuando giro sobre si en la cama y extendió su brazo descubrió que su furtiva compañera ya se había marchado y que sólo quedaba de ella el aroma ácido de su sexo generoso.
Abrió sus ojos para confirmar que no estaba soñando, para estar seguro de que aún estaba vivo y que la esperada muerte no había tocado todavía su puerta.
Se sintió extraña y repentinamente solo, nunca se había sentido así después de una de sus tantas noches de pasión con las itinerantes mujeres que trataban de saciar sus insatisfechas necesidades afectivas.
Se sentó en la cama cubriendo su cuerpo desnudo y agotado con una sabana aún húmeda. Miró cada rincón de su cuarto y se sintió pequeño, tan pequeño como su pene promiscuo que parecía haber olvidado que le pertenecía a un solo cuerpo.
Sintió ganas de llorar, de gritar, de reventarse contra las paredes, de desfogar toda su ira, esa ira impotente callada y llena de desesperanzas.
- No los machos no lloran- se dijo a sí mismo.
Se levantó por inercia, porque le estaba estorbando la inactividad y porque le empezaron a picar las nalgas por el roce con el colchón, territorio mudo en donde había librado tantas batallas cuerpo a cuerpo.
Mientras se duchaba recordó muchas de sus verdaderas alegrías junto a Lucia y la abuela, cuando cocinaban y aderezaban, además de deliciosos platos, las esperanzas de una felicidad compartida. Desde entonces, y de eso ya hace más de cinco años, sus alegrías sólo han sido caricaturas vagas de la felicidad, efímeros momentos de risa y de gritos jadeantes producto de los estímulos corporales.
Se rió, se carcajeó mientras se bañaba.
Se vistió sin pensarlo, se colocó la camisa azul que tanto odiaba y los jeans rotos que le gustaban a Lucia y que estaba esperando donarlos a los niños pobres.
Se bogó tres vasos de jugo de mora para tratar de calmar la sed que le producía su hígado intoxicado.
El día estaba perfecto, ni mucho sol ni mucho frío. Decidió que tenia que salir, que no podía ahogarse en su apartamento, que no soportaría estar tan solo consigo mismo.
Bajó las escaleras sin prisa, saludó al portero sin dejar espacios para preguntas curiosas y tomó un taxi con rumbo al centro comercial más cercano.
Se dirigió a los teléfonos públicos pues olvidó su celular, se dio cuenta que almorzar solo era lo que menos quería. Pensó en llamar a uno de sus amigos pero ninguno estaba en casa; quiso llamar a alguna de sus amigas pero ninguna estaba en casa.
Esa extraña soledad lo volvió a inundar.
Decidió caminar de regreso a casa para hacer un poco de ejercicio y bajar el almuerzo.
Con cada paso sentía que los recuerdos, los buenos recuerdos, se adherían a su espalda haciendo su carga más ligera. De nuevo se rió, se carcajeó.
Se sintió terriblemente solo.
De nuevo se acordó de la abuela y sus deliciosas comidas. También recordó sus épocas del colegio y las tardes de juego junto a Andrés su vecino y amigo. Recordó su primera comunión, su primer beso para Lucia.
Se sintió amargamente triste.
Todo se puso en blanco, todo pasó en un solo minuto, toda su vida en un instante, todo ese amor desperdiciado se le acumuló en el alma.
Recordó a Lucia, se sintió inmensamente amado.
La vió pasar por la otra acera, le gritó desesperado, decidió ir tras ella, recordó las mañanas tibias junto a su cuerpo, recordó las promesas de un futuro juntos, recordó sus caricias inefables, recordó el día que decidió alejarse de ella, recordó que aún la seguía amando.
Se sintió profundamente feliz. Se sintió exageradamente liviano.
Su búsqueda había cesado Lucia estaba de nuevo cerca.
Todo se puso oscuro, todo estaba confuso.
Sintió el pavimento caliente debajo de su pecho, sus piernas atascadas debajo de las neumáticos, sintió su sangre correr rodeando su silueta, recordó que un día tuvo sueños junto a ella, recordó que anoche había prometido empezar de nuevo.
Abrió sus ojos para confirmar que no estaba soñando, para estar seguro de que aún estaba vivo y que la esperada muerte no había tocado todavía su puerta.
La vió de nuevo entre la multitud, la vió hermosa, la vió sonriendo y sonrió con ella.
Se sintió totalmente amado.
Cerró sus ojos para guardar su recuerdo, cerró sus ojos esperando que los brazos de la dueña del silencio eterno lo levantaran de esa calle y lo llevaran a su destino final.
Se sintió dulcemente acompañado. Se sintió tiernamente abrazado.
Recordó, demasiado tarde que su vida sin Lucia había sido muy corta pero que el amor por ella era eterno.
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