martes, 5 de julio de 2011

... Y SÓLO QUEDA LA IMPOTENCIA

Recuerdo muy bien que desde pequeño, mis padres y mis abuelos, se encargaron de enseñarme muy bien a cuidar mis pertenencias. El argumento más utilizado era aquel basado en la dificultad para conseguir las cosas (ya fueran materiales, espirituales o intelectuales); aún resuenan en mi mente las frases: "lo que se logra con esfuerzo es mejor" o "lo que nada nos cuesta volvámoslo fiesta" ambas con la intención de dejarme muy claro que lo mucho o lo poco que se consigue se debe cuidar y mantener con esmero.
El tiempo fue pasando y poco a poco yo mismo fui valorando cada logro que tenía. Empecé a comprobar con mis propias experencias que en realidad las cosas (entiéndase esta palabra en su sentido más amplio, no sólo limitado a lo material) a veces costaban y que cuando uno por fin las tenía no sólo sentía mayor satisfacción sino que al tiempo adquiría un compromiso con ellas, había que cuidarlas, mantenerlas. Comencé entonces a atesorar, fui creando mi propio museo lleno de objetos, de palabras, de imágenes, de momentos, de sueños cumplidos...de cosas mias, muy mias.
Mis tesoros, ya fueran adquiridos por cuenta propia o regalados, fueron nutriendo el registro de mis responsabilidades y en algunos momentos llegaron a darme poder. Poco a poco muchos de ellos se iban quedando en los salones antiguos del museo pero seguían ahi presentes como testigos de épocas gratísimas y a su vez le abrÍan paso a las nuevas adquisiciones que llegaban con valor agregado porque ya eran fruto del trabajo del hombre.
Descubrí que esas cosas (las materiales) era bueno tenerlas pero eran pasajeras, y que las otras cosas (las no materiales) eran necesarias para no perder el rumbo, además de que muchas veces terminaban siendo la plusvalia de los objetos que las simbolizaban.
Durante muchos años y muchos viajes y muchos lugares, me trastié con mis tesoros, a veces hacía jornadas de limpieza y terminaba desechando algunas cosas que ya no era pertinente conservar. Casi siempre terminaba reforzando el valor de algunas otras. Descubrí entonces algo maravilloso: cada una de las piezas de mi museo contaba una pequeña historia sobre mi y alguien más. Papelitos con mensajes, cartas, tarjetas, postales, fotos, cadenitas, anillos, trozos de madera, canciones, vaquitas, peluches, manillas, camisas, zapatos, chaquetas, billeteras, diplomas, reconocimientos, besos, caricias, sentiemientos etc. Todo eso que cuidaba y guardaba con tanto esmero no eran más que rastros, huellas, íconos de mi paso por este mundo. Con más razón entendí porque había que cuidar las cosas.
Pero no todos somos iguales y a no todos les enseñan lo mismo. A algunos, tal vez, les enseñan la frase: "lo que nada nos cuesta volvámoslo fiesta" en el sentido maléfico de la misma y esos se convierten en los profanadores de tesoros, en los zaqueadores, en los vulgares ladrones.
Como buen colombiano, y da tristeza escribirlo, he tenido que vivir la amarga experiencia de ser atracado o robado dos veces en mi vida. La primera vez, fue de esas como de película, hombres armados en motos nos abordaron, nos encañonaron, nos intimidaron, nos empujaron, nos insultaron y se lo llevaron todo. Mi mamá hacía 15 años que no visitaba Medellín y vaya bienvenida la que le dieron. La gente salía por las ventanas y las puertas a ver la escena pero nadie hizo nada. La policia, como siempre, llegó ya cuando no se usa a hacernos preguntas que en medio de las lágrimas, el shock nervioso y la confusión uno ni sabe resolver. Se lo llevaron todo y sólo nos dejaron esa sensación de indefensión, de fragilidad, de rabia y de impotencia.
La segunda, motivo de este reencuentro con la palabra, fue hace pocos días. Nada de armas, nada de escenas de películas, sólo un exceso de confianza y la oportunidad que hace al ladrón. Un plomero de pueblo al que le dimos la mano y se tomó el cuerpo entero, además de arreglar el tubo roto, se las ingenió para en un abrir y cerrar de ojos llevarse la plata de la billetera y mi argolla de matrimonio.
Cuando descubrí la profanación del templo, lo primero que sentí fue una rabia punzante, una rabia ácida, una rabia maligna y después sólo quedó la impotencia. El no poder hacer nada, el no poder salir a buscarlo, el no poder acusarlo aunque fuera el único extraño que había ido a la finca, el no poder llorar, el no poder...
Se me metieron al rancho, violaron mis códigos éticos, se me llevaron el ícono más valioso, el más representativo, el que exhibía con más orgullo, un vulgar ladrón se llevó La Gioconda de mi Louvre.
Si ya sé, es sólo un símbolo, se puede mandar a hacer una igual, no hay que apegarse a lo material. Pero apesar de eso, aún siento rabia cuando miro el dedo desnudo, cuando recreó la escena y entonces vuelvo a sentir esa impotencia.
Y como pasó en la época de la Conquista, lo que para los nativos era digno de alabanza y respeto por ser la forma de honrar a sus dioses, de representar sus más profundas creencias, terminó en manos de unos bandidos que usaron lo que nada les costó en la fiesta profana. Seguro que el plomerito ladrón, cambio mi argolla por unos cuantos miles de pesos, muy lejanos a todo el valor real y sentimental que tenía, para poder esa noche emborracharse y disfrutar de las fiestas del pueblo que incluían la estelar presentación del Potro. O a lo mejor, sea yo un injusto y ese dinero sirvió para alimentar las bocas hambrientas de su familia pobre porque él también ha sentido impotencia.

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